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Get The Blessing, Sala Clamores, Madrid (11-12-2105)

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Que la música te bendiga…

Consigue la bendición. Que te bendigan. Se llamaron en sus inicios La Bendición, pero tuvieron que cambiar su nombre por temas de registro legal del nombre. Al acabar el primero de los dos conciertos en Madrid del cuarteto de Bristol Get the Blessing le dije a su batería, el portento de las baquetas Clive Deamer, “Estáis bendecidos”. Y no bromeaba. Cuando ves a alguien que en directo se transforma: ahí hay bendición, hay duende, hay ese toque divino, que no se puede explicar, que se tiene o no se tiene. Y que quién lo ve, lo disfruta, lo reciba como un regalo divino. Y es que la primera visita a Madrid de Get The Blessing fue una experiencia reveladora. El hechizo de la magia musical. De las atmósferas, del jazz que se mueve por texturas, jugando con loops, por ambientaciones. Venían a presentar ‘Austronautilus’ (Naim Jazz, 2015) un disco grabado en parte en Nigeria, y como comentó el bajista, influido por el pescado que comían en piezas como “Sepia”, “Monkfish” o “Cornish Native”. La locura y la magia de swing de “Einstein Action Figures”. Recorriendo sus cuatro álbumes, y piezas magistrales como “That Ain’t It”. Un jazz de inspiración libre.

Y es que la banda Get The Blessing cuenta con el pedigrí de tener en sus filas a dos músicos de empaque como Jim Barr (bajo) y Clive Deamer (batería), la base rítmica de la banda de trip hop Portishead. Y eso es toda una señal de garantía. Pero es que la cosa no acaba aquí va a más. Completan la formación el saxofonista Jake McMurchie y el trompetista Pete Judge, ambos generando loops a mansalva (por ejemplo en “Carapace”). Recuerdan por momentos los ambientes de Dj Krush con el trompetista Toshinori Kondo o a DJ Cam, o el brío de Morphine. Pero no se quedan en esas referencias. Get The Blessing son una máquina de generar ritmos limpios, quebrados y rotos, capaces de movilizar tu interior. Mantienen las atmósferas inquietantes de Portishead, esa densidad, pero exploran en el jazz, en melodías que te sueltan, te menean, te hacen flotar. Daba rabia ver menos de un tercio de público en la sala, ante semejantes argumentos musicales. Canela en rama. Cosa fina. De esos directos que te sorprenden, Barr tocando la guitarra como un bajo, y el bajo también, y contribuyendo a generar un colchón mullido, donde la música se cuece a fuego lento. Y los elementos fluyendo en esa música libre, llena de revuelo, de matices, de vida, con experimentaciones, con idas y venidas, con una fuerza portentosa. Con cierta solemnidad, pero también con cierta guas y cierta nostalgia, con ilusión y con dejadez. Con ese quietud y con mirada introspectiva, generando esencias, salsas, respiraciones. Música no apta para mentes conformistas. Música que te genera un revuelo y una sensación de movimiento, que te regenera, que te centrífuga. Poca cosa.

 

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