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Elvis Costello, Teatro Monumental, Madrid (5/06/2016)

Autor: | @adolf_ito

DETOUR, el espectáculo con el que Elvis Costello se presentó la ya veraniega tarde-noche del domingo en el Teatro Monumental de Madrid, es un pequeño desvío en su carrera para hacer balance de lo vivido. Es también parte de la maquinaria comercial para vender su excelente autobiografía (Unfaithful Music & Disappearing Ink, publicada en España por Malpaso) y una nueva recopilación que sirve de acompañamiento al libro.

Que la gira de Costello fuera en solitario presagiaba lo peor. La moda de las giras acústicas y en solitario, que desde hace unos años se han convertido en lo habitual entre artistas cuyo trabajo siempre ha sido eléctrico y con banda, se debe en la mayoría de los casos a razones puramente económicas, y el resultado suele ser un muermo de canciones descafeinadas (y, para colmo, las entradas no suelen ser tan baratas). Pero el caso de Elvis Costello es totalmente distinto. Lo primero que sorprende es el escenario, presidido por una antiguo televisor gigante en el que se proyectan vídeos y fotografías que recorren su historia personal, dividido en tres zonas: a la izquierda hay un piano, en el centro el micro principal, y a la derecha una mínima sala de estar con una silla azul de respaldo alto y una lámpara en una mesilla. Frente al televisor podemos ver alineadas media docena de guitarras, un megáfono, una bufanda del Liverpool y otra serie de objetos que utilizará durante las casi dos horas y cuarto de actuación. A todo esto hay que añadir la buena iluminación general y el casi imperceptible, pero efectivo, juego de luces. Y hay que resaltar también el excelente sonido del que disfrutamos durante la noche, que casi produce nostalgia por lo poco frecuente que es en la mayoría de conciertos que he visto últimamente en la capital. Pero quizá lo más importante es que Costello demuestra ser un auténtico showman, consiguiendo, en muchas ocasiones, sonar casi como si tuviera acompañamiento.

La noche comienza con un Costello completamente de negro y con unas gafas oscuras que le acercan más a cualquier cantante ciego que a su clásica imagen gafapasta. Arranca con el clásico Accidents Will Happen y sigue con Everyday I Write The Book en una versión con guitarra acústica muy cambiada y en la que se notó (como ocurrió también en Veronica) que su registro ya no llega a ciertas octavas (tiene 61 años), aunque mantiene una voz potente y realmente envidiable. El espectáculo es la puesta en escena de su autobiografía, por lo que las canciones se mezclan con el repaso a anécdotas de su vida (obviamente en inglés, pero con un acento y una pronunciación que hacen que sea sencillo entenderle). En ningún momento se hace aburrido y, en muchas ocasiones, consigue arrancar las carcajadas de los asistentes.

Es en la quinta canción cuando realiza su primer cambio de vestuario, que realmente se reduce a reemplazar las gafas por las de su clásico look, y se sienta por primera vez al piano. Bromea con que el piano se lo ha prestado su mujer (Diana Krall) para la ocasión y que no puede hacer salvajadas con él porque le ha advertido de que tiene que devolvérselo sin el más mínimo daño. Toca la maravillosa Shipbuilding, reinterpretándola en clave de jazz (quizá, para mí, una de las pocas versiones no excesivamente afortunadas de la noche). Nos recuerda que, aunque la gente suele atribuirle a él la canción, en realidad la música la compuso Clive Langer, originalmente para Robert Wyatt. Entre las novedades de la noche nos presenta un par de temas de un musical que está preparando junto a un par de amigos, y que se basa en A Face In The Crowd, la excelente película de Elia Kazan con guion de Budd Schulberg.

El primer homenaje de la noche es para Allen Toussaint, cantante, pianista, compositor y productor, originario de Nueva Orleans y que falleció hace pocos meses en Madrid después de ofrecer un concierto en el Teatro Lara. Elvis Costello grabó un excelente disco con Toussaint hace pocos años, y de él también interpreta al piano Freedom For The Stallion (en el único mini descanso de la noche, pudimos ver en la pantalla gigante de TV el vídeo de The Greatest Love, con Toussaint al piano y coros y Costello a la voz). Se suceden también un pequeño homenaje a Muhammad Ali (comenta que lo conoció en un acto para la lucha contra el Parkinson y que todavía se le veía bien, porque se fijó especialmente en su mujer y no en él) y otros a miembros de su familia (a su abuelo con Jimmie standing in the rain, a su abuela con Veronica y, principalmente, a su padre, del que se proyecta una grabación del clásico If I Had A Hammer). En esta parte de homenajes familiares, Costello toma asiento en la zona del escenario que imita una salita de estar y, después de contarnos alguna anécdota sobre su mujer y sus hijos y de ponerse su característico sombrero (dice que “hay gente que con este cambio de vestuario cree que en el escenario hay una persona distinta”), interpreta el clásico de 1930 Walking My Baby Back Home, que fue un éxito en los 50 en la voz de Nat King Cole. Hay también una referencia a su amigo Paul McCartney y a los Beatles, respondida con una muy tímida ovación que le da pie a decir: “parece que en la sala hay un fan de los Beatles; quizá los demás eran de los Rolling Stones o de los Dave Clark Five” (no tengo claro que mucha gente de la sala supiera quiénes eran estos últimos). Sigue la actuación en la parte central del escenario, esta vez con cambio de indumentaria, e interpreta temas de Charles Aznavour (She) y uno de los que compuso junto a Burt Bacharach (Toledo), entre otras canciones de un repertorio que va cambiando en cada concierto de la gira.

Ya en la parte final del concierto se suceden los temas clásicos de su carrera. Tras un apabullante y ruidoso Watching The Detectives (con un uso casi abusivo del pedal de loops), acompañado por imágenes de viejas novelas de detectives y carteles de film noir, llega el momento de mezclarse con el público que prácticamente llena el Teatro Monumental. Con una guitarra y completamente desenchufado, canta la preciosa Alison mientras se pasea por los pasillos laterales y el frente del patio de butacas. Le siguen, ya de nuevo en el escenario, Veronica y una I Want You inmensa, cierre perfecto para una noche grandiosa. El público lo ovaciona en pie y, ya con Costello fuera de escena, sigue aplaudiendo a rabiar, pidiendo un bis. Es verdad que fueron dos horas largas de concierto, pero, ante un público tan entregado, no hubiera estado de más haberlo complacido con una última canción. De todos modos, en menos de un año le tendremos de nuevo por Madrid, y será con banda.

Fotos: Adolfo Añino

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