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Editors (+ Balthazar), Razzmatazz, Barcelona (19-10-2013)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Dios, uno hace la cuenta y con la del sábado es la sexta vez que ha visto a Editors en directo. Del Razzmatazz 3 allá por febrero de 2006 ante poco más de 50 personas al llenazo en la sala principal -que insoportablemente infernal es el calor en un Razz rebosante- del pasado sábado ha llovido mucho. Pero la verdad es que servidor acudía al concierto con miedo, con el temor de dar por acabada una relación, sentimental claro -la música es sentimiento- que empezó hace siete años y no pasa precisamente por su mejor momento. Se torció ya con In this Light and in this Evening a golpe de frío sintetizador, pero nada comparado con la traición, hueca y ramplona que vendría este 2013 con The Weight of Your Love. La gran crisis estaba servida ¿Habría reconciliación con el directo o por el contrario sería la ruptura final?

Antes de Editors y aún con la sala a medio gas los belgas Balthazar lograron congraciarse con buena parte de la audiencia -lo de los autistas del móvil o los sempiternos charlatanes ya se supone, this is Spain- a base de pop elaborado y sofisticado muy en la estela de Local Natives, sin la tremenda pegada ni las canciones del combo de Los Ángeles. No estaría nada mal poder verlos en una sala más íntima, más acorde con sus temas más reposados.

Apenas tocadas las 21:00 llegó el turno de Editors. O mejor dicho, de Tom Smith y cuatro más. Y es que desde el arranque con la dudosa Sugar -esa letra imperdonable- ya sentaba las bases de la noche con su épica desatada, en la que su histriónico líder parece sentirse tan cómodo. Pocas veces un frontman eclipsa tanto al resto de su banda. Afortunadamente le seguirían tres trallazos guitarreros, Someone Says, la coreadísima Smokers Outside the Hospital Doors y Bones, recordando porque uno se había enamorado de Editors.

De un inicio para la esperanza se pasó a un claro bajón con la cinematográfica -parece sacada de una película de ciencia ficción muy  Eat Raw Meat = Blood Drool a la que siguió el peñazo en forma de baladón de Two Hearted Spider y la bastante más digna You Don’t Know Love. Por favor Tom, deja el piano y los aspavientos. O al menos, combínalos más sabiamente. Si te subes encima del primero y no dejas de hacer los segundos es probable que no estés en la mejor situación para cantar, cosa que no ayuda demasiado a disfrutar de canciones de por sí discretas.

Y como si estuviéramos subidos a un balancín, tras descender a las profundidades llegó el rescate con la tremenda All Sparks -que nostálgico se pone uno al recordar lo grande que es The Back Room-, la notabilisima Formaldehyde, infinitamente mejor en directo que en disco y el pepinazo que es A Ton of Love, único tema para el recuerdo de The Weight of Love y también uno de los mejores momentos de la noche.

Llegados al ecuador del concierto las “idas y venidas” se sucedieron constantemente y pasamos a estar en una suerte de montaña rusa donde, tras Like Treasure, lastrada nuevamente por la espasmódica interpretación de Tom, el público se volvía loco con el dance-rock rompepistas de An End Has a Start. A ésta la sucedía el momento ametralladora -nunca mejor dicho- de Bullets, penúltimo rescate de su disco de debut, para volver de nuevo a las andadas con la distópica e interesante In This Light and on This Evening, pero mal ubicada en el setlist, enfriando unos ánimos que se vendrían del todo abajo con la interpretación, podríamos decir en acústico, de The Phone Book. Deserciones emocionales múltiples.

Claro, la carta a jugar no podría ser otra. Baza segura con la infalible Munich, última visita a The Back Room, rematada con la fiereza de The Racing Rats, en la que todo debe decirse, Tom se transforma -uugh- en Matt Bellamy aporreando el piano. Lástima que para cerrar el concierto antes de los bises eligieran la lamentable Honesty, su más reciente sencillo, además con dosis extra de innecesario clembuterol incluida.

Unos bises que se decantaron claramente por los Editors de teclados y sintetizadores, abriendo con la sinuosa Bricks and Mortar, para provocar después otro “momento espantada” con la lamentable, e interminable, Nothing, de baladón soporífero a imposible torch song. La inevitable, por esperada, Papillon echó el cierre y devolvió al Razz a su tradicional estado natural, el de macro-discoteca hipster. Pero a esas alturas servidor ya había desconectado del concierto, ajeno a la trotona y de nuevo eterna danza siniestra, con Tom Smith parapetado detrás de su teclado como si fuera el líder espiritual de una secta macabra. Uno rememoraba lo intenso y especial -de acuerdo, no muy originales, pero a principios de los ochenta uno era solo un bebé- que era ver a los “antiguos” Editors. Batallitas de viejo, imagino. El sábado recuperó algunas de esas sensaciones por momentos, destellos que demuestran que esa banda aún sigue ahí. Pero parece claro que el camino escogido es otro bien distinto.

 

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