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DCODE Festival, Madrid (13-09-2014)

Autor:  | Google+ | @curtillo

La cuarta edición del festival madrileño Dcode perdió visitantes respecto del año pasado, pero ganó en organización. Esta vez no hubo problemas de espacio, había un gran número de barras, y podías hacerte con una rica hamburguesa en diez minutos. Todavía les queda por resolver algunas cosas, como el precio excesivo del agua o el hecho de que tengas que comprar como mínimo dos tokens (la moneda del festival) cuando hay productos que valen uno.

Musicalmente, el cartel seguía la misma línea que otros años: un cabeza de cartel foráneo, otro nacional y varios segundos nombres, tanto nacionales como internacionales. Se podría resumir en que Beck dio un concierto enorme y el resto estuvieron por debajo, pero no sería justo. No se puede obviar el baño de masas que se dieron Vetusta Morla (les dejaron el slot más favorable de todo el festival), o el tirón que tienen las nuevas bandas inglesas entre el público más joven.

Esto es lo que dio de sí el Dcode 2014:

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Anna Calvi es uno de esos nombres que de vez en cuando mete un festival para atraer a un público mayor y un poco más exigente. A la británica le tocó lidiar con el sol de media tarde, lo que no impidió que ella y su banda salieran al escenario vestidos totalmente de negro. Además, ella es una artista que ha hecho de su elegancia una de sus señas de identidad, y aquí no iba a ser menos. Desplegó toda su furia rockera vestida con su traje de pantalón, sus taconazos, y sin que el peinado se le moviera un milímetro. Durante los 45 minutos que duró su actuación, apenas le dio un respiro a su guitarra eléctrica, y sorprendió con un concierto crudo y potente en el que no se olvidó de canciones como ‘Suzanne & I’, ‘Eliza’ o la genial ‘Desire’. Aunque el gran momento de su actuación llego con ‘Blackout’, la cual acometió tras soltarse con un solo de guitarra de un par de minutos. De lo mejor que pudimos ver en toda la jornada.

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Bombay Bicycle Club fueron el caso opuesto a Anna Calvi. Su pop rock con tintes electrónicos es uno de los favoritos de los adolescentes y jóvenes (mucha menor de edad en las primeras filas) que asisten a este tipo de eventos. Es algo lógico, ya que cortes como ‘Overdone’ y “It’s Alright Now’, con las que empezaron, son simplonas y de pegada fácil. Quizá, si hicieran conciertos de 20 minutos, podríamos decir que estamos ante una banda entretenida, a la que sólo le preocupa que el púbico baile un rato, pero, para eso, sus canciones tendrían que estar a un mayor nivel. Su pop amable caducó a la cuarta o quinta canción y, a partir de ahí, sólo consiguieron aburrir. Ni siquiera lograron captar la atención, más allá de sus fans, con los temas de su primer trabajo, en el que recurrían un poco al afro-pop (en ‘Always Like This’ sonaron a unos Vampire Weekend de cuarta o quinta fila) y eran un poco menos simples. Muy, pero que muy aburridos.

Tras el sopor de Bombay Bicycle Club, teníamos uno de los solapes más importantes del festival: Russian Red y Royal Blood. A priori parece fácil: los seguidores del pop se van a ver a la madrileña y los del rock a los británicos, pero no era tan simple, porque algunos disfrutamos mucho con los dos estilos. Al final nos decantamos por la nueva sensación británica, aunque pudimos ver la parte final de Russian Red y comprobar que su nueva faceta más rock le sienta muy bien.

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El concierto de Royal Blood era una oportunidad única de ver a la banda en un escenario pequeño, lejos de los grandes recintos en los que tocan en su país natal. Estos dos chavales se han convertido en toda una sensación en media Europa. Su álbum de debut ocupa el numero 1 en las listas británicas, y de él han despachado más 200.000 copias en un par de semanas. Además, los suyo tiene más merito, ya que su rock áspero, con tintes de garage y blues, no es la música más comercial del mundo. En su concierto en el Dcode, que estaba lleno hasta la bandera, demostraron que tienen fuerza y contundencia suficientes para llenar grandes recintos, y temas como ‘Come Over’ o ‘Figured Out’ fueron capaces de levantar los pogos más bestias de toda la jornada festivalera. También hay que mencionar el peculiar sonido que logra sacar Mike Kerr  con su bajo, que en muchas ocasiones suena como una guitarra. Triunfaron, y mucho.

El caso de Jake Bugg es un tanto curioso. El británico se mueve entre el folk clásico a lo Dylan y el rock más americano, pero se ha convertido en un ídolo entre el público más joven. Suponemos que será por su corta edad (acaba de cumplir 20 años), pero no deja de sorprender cómo celebró ese público un concierto como este, que empezó con ‘There’s a Beast And We All Feed It’ y ‘Trouble Town’, dos temas que recuerdan una barbaridad al primer Dylan. Poco a poco fue dejando esa faceta atrás, y se fue un poco más hacia el rock un poco más british y simple; ese que encontramos en canciones como ‘Messed Up Kids’, ‘Green Man’ o ‘What Doesn’t Kill You’. También tuvo algún gran momento como ‘Seen It All’ o ‘Lightning Bolt’, con la que cerró su concierto como si fuera el mismísimo Johnny Cash. Un concierto irregular con algún momento notable.

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Lo de Beck fue uno de esos conciertos por los que bien vale la pena pagar la entrada de un festival. El californiano hizo lo que tiene que hacer un artista de su categoría en estos casos, que no es otra cosa que entretener al público de principio a fin y repasar lo mejor de su discografía. Si a esto le añades un poco de sentido del humor (las coñas fueron constantes durante todo el espectáculo) y una banda enorme, estás ante el concierto perfecto.

Aunque a Beck le tocaba presentar su “Morning Phase”, en el que vuelve a los sonidos más reposados y folkies, el grueso del concierto no fue por ahí. A los diez minutos de haber subido al escenario, ya habían caído ‘Devil’s Haircut’ y ‘Loser’, y el señor Hansen ya tenía al público en el bolsillo. Quizá se le fue un poco la mano con los graves en estos primeros cortes, pero el sonido fue mejorando a medida que pasaban los temas y nos dejaba rendidos a sus pies con ‘Gamma Ray’, ‘Hell Yes’ o el medley que hizo con su ‘Think I’m In Love’ y el ‘I Feel Love’ de Donna Summer, tema que, curiosamente, también versionaron Franz Ferdinand el año pasado en el mismo escenario.

Tras siete u ocho piezas con las que nos hizo bailar a todos los presentes, dio paso a los cortes de su último trabajo. El de Los Ángeles tan solo toca tres canciones de este álbum (y una del “Sea Change”), y las mete en el momento justo, cuando el público empieza a necesitar un pequeño descanso. Además, tanto ‘Blue Moon’ como ‘Waking Light’ son de una belleza enorme. Por no hablar del tono minimalista de ‘Wave’, con la que terminó esta parte del concierto. Volvió a la pista de baile con ‘Girl’ y ‘Timebob’, que sonaron mejor que casi ninguna canción del resto del concierto. Tras ellas tocaba volver a las guitarras y acabar la primera parte del show con la macarra, pero encantadora, ‘E-Pro’, que terminó con su banda tirada por el suelo (después de un tiroteo simulado) y con Beck colocando una cinta de “Crime Scene Do Not Cross”. Un poco más tarde bromeaba diciendo que se había cometido un crimen contra la música.

Para el bis, Beck y los suyos nos tenían preparada otra sorpresa. Después de una celebrada ‘Sexx Laws’, llegó la extensa versión de ‘Where It’s At’, con la que está acabando todos sus conciertos. Beck utiliza este tema para presentar a la banda, para meter fragmentos de grandes éxitos de otros, y para coger la armónica y recuperar su ‘One Foot In The Grave’ de 1994. Fue una magnífica forma de acabar el mejor concierto del festival y uno de los mejores que se han visto en Madrid en todo el año.

Tras la maravilla de Beck, tocaba descansar un poco y coger fuerzas para ver la fiesta de pop electrónico que nos tenían preparada La Roux y Chvrches. Eso sí, con resultados muy diferentes.

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Los británicos La Roux viven en los ochenta: su música bebe directamente de esa época, y su estilismo (con un cierto aire al Bowie de esos años) también va por ahí. Quizá muchos ya estén un poco hartos de este revival que se ha alargado demasiado, pero La Roux tienen todo lo que hay que tener para que no nos olvidemos de la década de los cardados y las hombreras. Su concierto fue un trallazo de pop electrónico continuo, y sonó de lo más potente; tanto, que los pobres Wild Beasts, que tocaban a la misma hora en otro escenario, lo sufrieron en sus carnes. Sí es cierto que, pasados los primeros 45 minutos, su propuesta se hace un poco repetitiva y cansa, pero hasta ahí sólo se pueden decir maravillas de Elly Jackson. Fueron muy pocos los que no bailaron temas de su primer trabajo como ‘Let Me Down Gently’, ‘Fascination’ o ‘In For The Kill’, que encajaron de maravilla con los de su segundo álbum (geniales “Kiss And No Tell’ y ‘Sexotheque’). Además, terminó como mandan los cánones, con ‘Bulletproof’, su mayor hit.  Un aplauso para ella y para su banda.

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Poner a Chvrches a las 2:25 de la madrugada no fue la mejor de las ideas, ni para un público que acumulaba mucho cansancio, ni para el grupo. Los creadores de “The Bones What Your Belive” salieron al escenario de los más apagados, e incluso llegaron a bromear diciendo que no sabían si era sábado por la noche o domingo por la mañana. También es cierto que no eligieron las mejores canciones para empezar a esa hora, y las buenas sensaciones que dejaron los primeros acordes de ‘We Sink’ enseguida se vinieron abajo. Además, la industrial ‘Lies’ sonó de lo más descafeinada. No es que todo el concierto resultara soso: tuvieron buenos momentos como ‘Gun’, la segunda parte tan trance de ‘Theter’ o ‘Under The Tide’, donde, al igual que hiciera en el pasado Primavera Sound, Martin Doherty se agarró al micro y se volvió a comer a su compañera de banda. Y es que, tras girar por todo el mundo y llenar grandes recintos, Lauren Mayberry sigue igual de insegura encima del escenario. Además, canta como si acabara de correr una maratón, con voz agotada y ahogada. Se salvaron porque las canciones son muy buenas y el concierto fue corto. Tienen que mejorar su directo.

Después de Chvrches tocaba el turno de los deejays, y aunque por ahí estaban unos tales Digitalism, fue el momento que elegimos para dar por concluida la jornada. Todavía nos quedaba la proeza de encontrar un taxi para volver a casa.

Fotos: Adolfo Añino

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