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Crónica Mulafest

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El Mulafest sigue buscando su sitio

Por quinto año, el festival de cultura urbana proponía una mezcolanza de skaters, tatuadores, motos de colección, cultura de la India y música electrónica a un Madrid que parece empeñarse en mirar para otro lado. Quizá sea esa falta de definición, la falta de enviar un mensaje claro sobre qué es este festival, lo que haya hecho que, de nuevo, la asistencia haya sido baja. Y es una pena, porque parecía que los skaters, los machirulos que hacían piruetas en las barras y los amantes de la electrónica allí reunidos, y no tan mezclados, se lo pasaban bien.

Ciñéndonos a lo puramente musical, la selección era bastante buena, y arriesgada para lo que solemos ver en Madrid. Casi – y viniéndonos un poco arriba – un Sónar en pequeñito. Que oye, para los que no hemos podido ir al Sónar de verdad, pues nos servía de consolación.

Dejando a un lado la ecléctica propuesta india, paralela a los premios IFFA, llegamos el viernes directos para ver a Beardyman. El británico estaba muy cabreado por el Brexit y así nos lo hizo saber de la mejor manera que sabía, que fue improvisando una canción con loops y beatbox sobre el tema. Supo meterse al escaso público en el bolsillo con un gran despliegue de capacidad para hacer rimas a toda velocidad, meter modulaciones y delays con un resultado a veces complejo y propio, aunque otras veces demasiado cerca de un drum’n’bass de hace años con poco interés.

La siguiente en subirse al escenario fue la estadounidense Kelela, que supo ir construyendo un concierto personal, intenso y que fue ganando enteros con el paso de las canciones. La mezcla de unas melodías y bases de calidad con su registro vocal y su actitud encantadora sobre el escenario hicieron que el público acabara entregado y coreando temazos como ‘Rewind’ o ‘Bankhead’.

Todo lo contrario consiguieron The Orb, que prometían una sesión live de electrónica de primera generación, rescatando house de Chicago de los 80, y lo que llevaron a cabo fue una sesión de Djs bastante ramplona y aburrida que no consiguió cumplir las expectativas de muchos, más allá de la gracia de ver a Alex Paterson y Thomas Fehimann, con pinta de tu profe  de filosofía del insti a los platos.

Prácticamente todos los asistentes al festival se reunieron para el concierto de Odesza, que asumieron su papel de levantadores de ánimos y supieron hacer un espectáculo de lo más resultón, con los dos enfrentados con sus teclados y sus instrumentos de percusión haciendo cuasicoreografías. Odesza no harán la electrónica más sesuda, pero supieron levantar los ánimos algo bajos del público, y eso es muy de agradecer.

El concierto de Pional quedó quizá con menos brillo de lo esperado después del despliegue efectista de Odesza, pero no por ello dejó de ser un alarde de talento del madrileño. Su puesta en escena intimista invitaba más a la observación atenta que al desparrame, pero los que supieron entrar en su juego quedaron más que contentos con su electrónica suave y cantada en directo, uno de sonidos más finos de la escena española actual.

Lamentablemente, nos perdimos los conciertos del sábado, y nos quedamos con ganas de ver de nuevo a C.Tangana y a SBTRKT. Una pena, porque cuentan que estuvieron fenomenal.

Esperamos que los organizadores del Mulafest no desistan y sigan con el festival el año próximo, quizá buscando un público objetivo más claro, y atraer a todos esos madrileños que no dudan en pillarse un AVE al Sónar pero que parece que no terminan de ver que el último finde de junio tienen una propuesta bien interesante en IFEMA.

Foto: Mulafest Instagram

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