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Crónica del Primavera Sound 2017

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Aquí tienes nuestra crónica de la pasada edición del Primavera Sound 2017, festival que no para de crecer, con una programación que empieza ya un mes antes y que se concentra en especial durante la semana en la que se celebra. Además este año se sumaban actuaciones sorpresa, entre las que pudimos disfrutar de Arcade Fire o Haim. Nosotros te ofrecemos la crónica de más de 40 conciertos.

Jueves

Por Palmer:

No todo en el Primavera han de ser grandes nombre y vacas sagradas. Siempre es una delicia empezar descubriendo frescura y talento como los que derrochó la sudafricana Marley BloO. Una guitarra y una lista de canciones escrita en la pierna (“no os riáis, no tenía papel, lo juro”) le bastaron a la joven artista para adaptar con impresionante brillantez su sofisticada mezcla de blues, rap, folk nocturno y acid jazz a un formato totalmente acústico y desnudo, comandado por su voz privilegiada y una simpatía desbordante. A descubrir absolutamente.

Cymbals Eat Guitars se mostraron irreprochables en su recuperación del indie-rock y shoegaze más canónicos. Con la enérgica voz de Joseph D’Agostino al frente, que en más de un momento trae a la memoria a los Psychedelic Furs, demostraron dominar por igual las atmósferas (“Mallwalking”), el pop dramático (“Wish”, “Well”) y el descontrol eléctrico (“Warning”, “Laramie”). Mucho más que convincentes.

¿Le quedaba todavía algo por mejorar, un espacio para crecer, a un festival ya tan grande y establecido ya como el Primavera? La respuesta ha sido todo un puñetazo en la mesa, de la mano de una serie de sorpresas que bajo la etiqueta de “unexpected Primavera” habrían fuego el jueves con potencia atómica; un concierto secreto de nada menos que Arcade Fire en un mini escenario ante apenas unos cientos de afortunados. Los grandes cabezas de cartel tocando a unos metros de tu cara, porque sí, porque hoy es hoy. Poco más se puede añadir en algo que fue casi perfecto. Los canadienses salieron a darlo todo, como siempre. Presentaron un par de nuevas canciones capitaneadas por la infecciosa “Everything now” que, con sus ecos de Abba y su pegadizo estribillo, fácilmente podría convertirse en un hit masivo, nos hicieron bailar con “Afterlife” o “Reflektor” y nos obligaron a abrazarnos de emoción, saltar y corear hasta la afonía himnos como “No cars go” y “Rebellion”. Demostraron, en resumen, que sigue habiendo pocos, poquísimos artistas a la altura de su directo, especialmente en la distancia corta. Hay cosas que no se pagan con dinero.

Es encomiable que el festival siempre intente ofrecer una oferta musical variada dentro de sus parámetros. Slayer, los heavys más heavys de la sagrada trinidad del thrash metal junto a Metallica y Megadeth fueron en esta ocasión los representantes de los sonidos más duros. Una apuesta a priori arriesgada siendo el grupo más duro de los tres. Jamás han mostrado un acercamiento a un rock más convencional y radiable como los primeros o han reducido velocidad como los segundos. No han modernizado su sonido, y su brutal nivel de agresión sigue intacto tres décadas después del mítico “Reign in Blood”. Y lejos de ser una anécdota bizarra, Tom Araya y Kerry King salieron a matar, ofrecieron un show profesional, desbordante y sin complejos y convencieron de sobra incluso a espectadores alejados a su discurso. Que cafradas como “God hate us all” o “Angel of death” despierten sonrisas sinceras y desaten pogos épicos en un público que se supone no es el suyo lo demuestran. Excelente.

Me gustaría decir que los legendarios The Damned brillaron a la altura de Slayer, pero a pesar de la todavía magnética presencia de Dave Vanian y la energía de Captain Sensible, los grandes pioneros del punk inglés ofrecieron un show algo vacilante en sus inicios, con revisiones faltas de garra de sus canciones y covers no especialmente inspiradas de Love y del “Eloise” de Paul Ryan (que, para los españoles al menos, solo logró hacer añorar a Tino Casal) pero que remontó el vuelo en su recta final. Y es que es muy, muy complicado fallar por completo cuando cuentas con clásicos indiscutibles como “Neat Neat Neat” o “New Rose” para rematar. Un aceptable ejercicio de nostalgia, sin más.

Skinny Puppy nos ofrecieron este año la necesaria dosis de oscuridad maquinal. Los canadienses, precursores del rock industrial que luego nos daría alegrías del calibre de Ministry y Nine Inch Nails, combinaron una extravagante puesta escena (con un extraño ser cornudo poniendo jeringuilla tras jeringuilla en los andrajos que cubrían a Kevin Ogre) con guitarrazos metálicos y su poderosa máquina de ritmos electrónicos cercanos al EBM. Y sí, lograron revitalizar cualquier cuerpo maltrecho por las muchas horas de festival con una buena dosis de energia, culminada por la inolvidable agresividad glacial de su clásico “Assimilate”

Por Raül Jiménez 

Kokoshca: Arrancamos los «días grandes» del Primavera Sound con el empuje de la ya veterana —una década en esta efímera época digital es mucho tiempo— banda navarra, dispuestos a insuflar algo de energía garajera y espíritu inconformista. Lo consiguieron gracias a un sonido más rugoso y roquero que en su último disco Algo real, haciendo que temas como Mi consentido, No queda nada o Yo nací, no desentonasen un ápice junto a las esperadas Directo a tu corazón o No volveré, pertenecientes a su celebrado álbum Hay una luz. Si a eso le sumamos ese himno del indie nacional —de acuerdo, algo oculto— llamado La fuerza el resultado es un estupendo inicio de Festival.

Nots: Un poco de riot-grrrl —aunque en realidad el grupo tiene bastante más que ver con el lado más fiero de la new wave— para continuar, de la mano de este cuarteto femenino procedente de Memphis. Liderados por la imponente presencia de Natalie Hoffman y sus implacables invectivas vocales, la pegada de la banda es innegable, pero en el escenario Adidas los matices de su punk con querencia postpunk y psicodélica —son más Gang of Four o The Fall que Bikini Kill, para entendernos— quedó algo diluido, igual que ese teclado, elemento fundamental de su música, que apenas destacó en directo. Esperamos retorno.

Alexandra Savior: (en la foto) Primera duda del Primavera Sound. Que la sombra del gran Alex Turner es alargada lo sabíamos desde que escuchamos la primera canción de Alexandra Savior hace ya más de un añito. Pero, aunque a veces parezca un disco del primero, hay que reconocer que su debut Belladonna of Sadness engancha como pocos escuchados este año. Pues en directo la jovencísima cantautora de Portland «clava» todas y cada una de las canciones. El hechizo vintage, la excelencia de su voz, esa imagen lánguida, «cinematográficamente» estática. Todo está ahí, impoluto, irreprochable… y algo frío. No tengo claro que el valor de un directo resida en la recreación mimética del sonido de un LP, o que parapetarse tras un personaje —un recurso muy habitual— en este caso huidizo, contemplativo, frágil —sólo en la teatral Mistery girl Savior fue capaz de «ir más allá»—, sea la excusa que nos impida conocer en el «mano a mano» del escenario a la verdadera artista. Aunque entiendo que, para muchos, en cambio, el suyo fuese un conciertazo…

Julia Jacklin: Aunque la cuota antipodiana en esta edición del Primavera ha sido particularmente escasa, algún concierto made in la fábrica del indiepop sí que había. Ese era el caso de Julia Jacklin, firmante de un excelente disco de debut, Don’t Let The Kids Win, que se encargó de presentar en el escenario Adidas con tanto encanto como solvencia. Pop de aires folkies de los que deja poso, en la línea de Angel Olsen, con momentos brillantes, como Motherland o la celebrada Pool party, en los que la joven artista de Sidney desplegó esa inusual combinación de naturalidad y excelsa seguridad ante el micro, que confirma que está destinada a hacer grandes cosas. Cautivadora, no la perdáis de vista.

The Molochs: Un par de canciones muy prometedoras y esos impasses que propicia un Festival de semejantes dimensiones nos llevaron nuevamente hasta el escenario Adidas. Pero no teníamos ni idea de que nos íbamos a encontrar con una actuación tan entretenida y contagiosa. Con un pie en el Golden Gate, otro en el London Bridge y la cabeza y el corazón siempre en los sesenta, la banda angelina que lidera Lucas Fitzsimons conjuga el R&B de los Stones y los Kinks con ligeros aires psicodélicos y garajeros —no podían faltar ni los Byrds ni los Nuggets— con un gran desparpajo en directo. Grata sorpresa.

The Afghan Whigs: Había ganas de ver a Greg Dulli y compañía —primera vez para quien escribe—, y la banda respondió con creces, dispuesta a «comerse» el escenario Ray-Ban desde el primer momento. Show apasionado y furioso, todo músculo e intensidad, sin que podamos señalar bajones o pasajes más olvidables. Algo que, por sí sólo, habla maravillas de su «resurrección» como grupo, ya que el concierto fue generoso en canciones de sus dos últimos álbumes, como el sencillo Demon in profile brillando con Dulli al piano. Añádase la tremenda potencia de pesos pesados como Gentlemen, la tempestuosa Debonair, o la majestuosa John the Baptist, —clímax de la noche en mi opinión—, la poderosa actuación de Dulli, el aguerrido acompañamiento instrumental, y la conclusión es que el escenario Ray-ban derrochó «black love» para regocijo de todos los presentes.

Viernes

Por Palmer:

Phurpa ofrecieron algo más y algo menos que música. Una experiencia única, más parecida a una extraña ceremonia mística de la estepa que a un concierto. Entre humo de incienso y cubiertos con túnicas, los 3 componentes del grupo orquestaron, con excelente sentido del ritmo en la puesta en escena, cantos de garganta del tibet, estallidos de gongs y campanas y el barritar de extrañas trompetas guturales en una ceremonia drone entre Sunn O)) y un encantamiento prehistórico. Como siempre en estos casos, hay que olvidar una aproximación musical al uso y dejarse llevar por olas casi físicas de sonido abstracto. Una actuación más allá de lo puramente musical que hubiera hechizado al mismísimo Cthulhu.

Corea (del Sur, claro) mola. El post punk mola. Las bajos que suenan como guitarras metálicas molan. Las baterías cafres molan. Las frontwomen encueradas, con voz afilada, que lo mismo se marcan ritmos kraut al teclado, que riffs monolíticos a la guitarra molan, molan y molan. Diealright por tanto, molan. Mazo.

Los entrañables gañanes de Sleaford Mods no pudieron empezar mejor/peor, hasta 3 veces tuvieron que iniciar su concierto antes de que los técnicos consiguieran que “Army nights” se oyese mínimamente por los altavoces. Pero el simpático cabreo de Jason Williamson y la imperturbable socarronería zen de Andrew Fern pulsando algún botón entre cerveza y cerveza convirtieron el momento Spinal Tap en una divertida anécdota. Su descarado y rabioso chav-rap, entre un spoken word de Henry Rollins y un remix bass only de Gang Of Four hizo el resto. ¡A bailar, wankers!

Por Raúl Jiménez:

Lawrence Arabia: La idea del Hidden Stage es de lo más apetecible, pero la cuestión de cómo pueden adquirirse los tickets tiene que poder resolverse de otra forma, sobre todo para el primero de los conciertos de cada jornada. Temas logísticos a parte, en ese bonito aparcamiento, en palabras del dicharachero James Milne, y acompañado para la ocasión por una súperbanda de claro acento local —nuestros queridos Hi-Jauh y Doble Pletina bien representados, sorprendiendo por su excelente acoplamiento— el neozelandés desplegó un buen ramillete de su pop elegante y sin estridencias, haciéndonos empezar la tarde con una sonrisa.

Mitski: (en la foto) Otra cita marcada en rojo en nuestro recorrido. No es para menos, tras haber disfrutado de lo lindo con su álbum debut Puberty 2, uno de los mejores del año pasado en Indienauta. Con una puesta en escena minimalista, muy austera y, a priori, dando la impresión de ser una artista fría, Mitski Miyawaki demostró aquello que, contrariamente a los tiempos que nos toca vivir, la pose no hace a la artista: hay que dejar a la música hablar. Y vaya si lo hizo. Como si por momentos, St. Vincent o Angel Olsen se materializaran en el escenario, pero con una personalidad absolutamente propia, la neoyorquina de origen japonés consiguió cautivarnos gracias a los estallidos furiosos de su guitarra, los gritos viscerales de su voz, su indomable presencia y los golpes melódicos de sus canciones. Expectativas más que satisfechas…

The Magnetic Fields (I): (foto cabecera) Visita obligada al Auditori para otra primera vez, ahora con Stephen Merritt y la presentación de su nuevo álbum conceptual 50 Songs Memoir. Dividido en dos conciertos —viernes y sábado—, de 25 canciones cada uno, la propuesta de los Magnetic Fields era una flagrante amenaza a cualquier intento de planificación de ruta primaveril en esta edición del Festival… pero también una experiencia que merecía ser vista y escuchada. Un escenario entre lo suntuoso y lo intimista con estupendas propuestas visuales en pantalla —ese final del show con el archiconocido videojuego a causa de Dreaming in Tetris—, un soberbio sexteto de músicos envolviendo y cuidando cada tema con gracia y elegancia. Y unas memorias interesantes, desmenuzadas canción a canción, y con ese sentido del humor impávido tan característico de MerrittNoel Coward haciendo pop—. Y, por encima de todo, enormes canciones como Judy Garland, Ethan Frome, Danceteria! Why I am not a teenager y un largo, largo etcétera. Habría que repetir…

The Make-up: Siendo sinceros, es verdad que puedes encontrar a la banda de Washington D.C. demasiado previsible, intentando recrear I wanna be your dog hasta la saciedad, reviviendo la esencia más clásica de ese funk-soul-rock vintage. Pero nadie puede negar la fuerza, la diversión, el necesario punto de locura y el buen rollo que transmite ese kamikaze de la escena que es Ian Svenonius. Invocando a los espíritus de James Brown y Prince, transformándose en Iggy Pop embutido en traje plateado, dando todo lo que tiene y mucho más para alcanzar y conectar con el público, el salvaje frontman y su bien engrasado combo son toda una garantía para pasar un buen rato.

Sábado

Por Palmer:

Han pasado 25 años ya desde “Hermanos carnales”, posiblemente la cima de Surfin’ Bichos y uno de los mejores álbumes españoles de rock de todos los tiempos. En el escenario Hidden, a pesar del calor y su discutible sonoridad, pudimos escuchar una tras otra todas las razones que lo demuestran: “Fuerte!”, “Mi hermano carnal”, “Hey, Lázaro”... Toda una colección de maravillas arropando la imaginería alucinada de Fernando Alfaro que, inspirado en esa ocasión por “Inseparables” de Cronenberg, tocó el cielo perdiéndose en la humedad. Maravillas que pueden sobreponerse a cualquier obstáculo. Y lo hacen.

Pond, claramente más acostumbrados a la distancia corta, lucharon para que el enorme escenario Mango no se les quedase grande. Lo lograron cuando tiraron de riffs poderosos y un festivo espíritu stoner rock, y cuando Nick Allbrook tiró de carisma y actitud rockstar. No tanto cuando su psicodelia adquiría tintes más oníricos y reposados. Un buen balance finalmente, pero lejos de lo que la banda es capaz de ofrecer.

Viendo a Royal Trux no me pude quitar de la cabeza la escena de la película “School of Rock” donde, el personaje de Jack Black , después de pasarse toda la película aleccionando a sus jóvenes alumnos sobre las virtudes destroyer del rock’n’roll way of life más cliché, se encuentra a uno de ellos junto a un par de rockeros de pro bebiendo y fumando y se lleva a rastras al extrañado joven, que creía estar haciendo bien, al grito de “esos no son rockeros, son posers”. Y es que, majetes, para ser Janis Joplin o Jimi Hendrix hace falta bastante más que ponerse hasta el culo de todo. Que no sé si iban borrachos de verdad o se lo hacían, pero oye, que da igual: sonido espantoso, actitud patética, cero interés. Una mierda infecta.

Voy a sintetizar: Grace Jones cantando la inolvidable “Slaves to the rhytm” mientras baila el hula-hop, luciendo piel y pinturas tribales y llevando el peso absoluto del (excelente) show. A los 69 años. ¿Hace falta decir más? Disco, funk, soul, elegancia, fiereza y actitud. Hay artistas que simplemente están a otro nivel. Y nosotros, a sus pies.

Arcade Fire culminaron su doblete triunfal en el Primavera en un escenario grande totalmente abarrotado. Se permitieron un repertorio menos habitual rescatando perlas como “Neon Bible”, juguetearon con los inicios de las canciones demostrando que no hay tanta distancia como pudiera parecer entre la épica de “Funeral” y la fiesta de “Reflektor” y básicamente triunfaron una vez más. No sé si son los más grandes, pero cuando los tienes delante cuesta imaginar como superarles.

”¿Pero solo son dos?” Más de una y más de dos veces oí esta pregunta durante la intensísima actuación de Japandroids. Y es que cuesta creer que la guitarra de Brian King y la batería de David Prowse basten para crear semajante vendaval. Quizá pecan precisamente de mantener la potencia de su punk rock constantemente al once y se beneficiarían de dar un espacio al reposo, pero desde luego para el público entregado hasta el éxtasis el show funcionó a la perfección, pogo tras pogo y grito tras grito hasta acabar espectacularmente, ya al doce, con la incontestable “The house that heaven built”.

Y en otra deliciosa sorpresa el “unexpected Primavera” nos trajo a Haim que confirmaron que su impresionante actuación hace 3 años no fue casualidad. Todo lo contrario, de nuevo su contagioso huracán de positividad y energía se convirtió en la fiesta perfecta, el mejor colofón posible para este o cualquier festival. Su música, que en disco no pasa de un muy efectivo y agradable ejercicio de pop-rock luminoso con ecos de Fleetwood Mac, crece a niveles de apoteosis en directo, por su simpatía, por su capacidad de conectar, por la impagable presencia escénica de Este Haim y sus ya clásicas bass faces. Presentaban nuevo disco pero realmente da igual, lo importante fue esa vitalidad, ese fabuloso sentimiento de comunión y felicidad. Uno de los mejores conciertos de todo el festival, otra vez.

Y cerramos con Mannequin Pussy ¡y de qué manera! Más rabiosos que Japandroids, tan agresivos como Slayer pero siempre dotando de aire a las canciones y los ritmos, metiendo aquí y allá gotas de shoegaze, nunca cayendo en lo monolítico. Con una ferocidad sin límites, el show fue un brutal electroshock, pura catarsis grunge comandada por la desgarrada lija que Marisa Dabice tiene por garganta. Nadie ha rugido así desde los mejores tiempos de Hole. Un auténtico puñetazo de rock’n’roll ideal para vaciarse por completo y dar por finalizado el festival, y a nuestros pobres pero felices pies.

Por Raúl Jiménez:

The Magnetic Fields (II): A esas horas de la tarde y con un sol de justicia, ¿qué mejor que refugiarse en el Auditori con la música de Stephen Merritt como excusa? Quizás haya menos joyitas pop —probablemente exceso de baladas y piezas solemnes— en las siguientes 25 canciones de su 50 songs memoir, comparadas con el excelso nivel mostrado el viernes. O, probablemente, las intrahistorias tras cada canción sean un poco menos interesantes. Pero, sin embargo, sigue habiendo mucho que disfrutar. Ahí están el delicioso twee-pop de Me and Fred and Dave and Ted, la elegancia de Fathers in the clouds y I wish I had pictures, la controlada algarabía de You can’t never go back to New York o las socarronas Be true to your bar —esos perros en pantalla— y Surfin’. El talento de Stephen Merritt para «cocinar» grandes canciones POP es inagotable… y en este Primavera hemos tenido la suerte de darnos un atracón de ellas.

Angel Olsen: (en la foto) Para un servidor, My woman fue el mejor disco del año pasado, así que decir que había ganas de ver a Angel Olsen en el Ray-Ban es quedarse muy corto. Y si en álbum la de Missouri ha dado un salto gigantesco, en directo su crecimiento no le anda precisamente a la zaga. Magnética, irresistible de principio a fin, con total dominio del escenario, de las canciones y del público —con quien no paró de interactuar en todo momento—, dejando que la electricidad, la pausa, la abrasión sonora o la creación de atmósferas alrededor de la pieza dictasen la duración y el desarrollo de las canciones. Hubo momentos de una intensidad sublime, como el final de Not gonna kill you, la coreada Shut up kiss me o la colosal Sister, apogeo de un show que, sin duda, fue uno de los mejores del Festival, encandilando a buena parte de los presentes. Definitivamente, Angel ya ha pasado a las ligas mayores.

Teenage Fanclub: (foto final) El concierto más ansiado para quien escribe —por fin, por fin, por fin, espina sacada— no podía decepcionar. Pero uno no podía esperar, ni en sus mejores sueños, que el setlist elegido fuera un repaso de muchos de sus inacabables grandes éxitos y cayeran, entre otras, Start Again, Star Sign, About You, I Need Direction, Sparky’s Dream, I’m In Love o Everything Flows, interpretadas con energía y entusiasmo por Blake, Love y McGinley, encantados de tener al escenario Primavera a sus pies, con un público dispuesto a dejarse la voz en cada inmenso estribillo. Los tres Reyes Magos de Escocia pasaron por el Primavera y nos dejaron un cargamento de regalos en forma de himnos eternos del indiepop. Bolazo para recordar.

Hamilton Leithauser: ¿Echamos de menos a los Walkmen? Por supuesto, era una banda simplemente formidable. Pero a medida que la carrera en solitario de Hamilton progresa, podemos decir que, a cambio, hemos ganado a un artista mayúsculo. En el escenario Pitchfork tuvimos la suerte de volver a comprobar que el norteamericano continúa siendo un frontman extraordinario y que su último trabajo hasta la fecha, I Had a Dream That You Were Mine, junto a Rostam Batmanglij, contiene enormes canciones, tales como Sick as a Dog, Alexandra, 1959 y, por descontado, esa maravilla llamada A 1.000 Times. Es esa fuerza, esa expresividad en la voz. Esa impresión de darlo todo en cada acometida de la canción. Esa certeza de que, con él, nunca hay trampa ni cartón. Además, la genuina humildad del músico, feliz y raudo en hacernos saber lo agradecido que estaba por formar parte del festival, como si se tratara de un «debutante» más, es gratificante. Con Hamilton Leithauser uno no puede equivocarse…

Algiers: Había que probar alguna de las propuestas Unexpected del Primavera. Y qué mejor que hacerlo con un combo tan explosivo en directo como el arrollador cuarteto de Atlanta. Con flamante nuevo disco bajo el brazo, The underside of power, y la combinación de apertura de miras sónica más discurso combativo intactos, ver a Franklin James Fisher y sus compañeros encima de un escenario siempre es una experiencia estimulante. Lástima que el sonido no estuvo ni remotamente a la altura, bordeando el «K.O. técnico» en varias ocasiones. Pero, en fin, a caballo regalado… Feliz e inesperado bonus cortesía del Festival, pese a todo.

Fotos: Raul Jiménez

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