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Crónica del Primavera Club 2016

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Es la cita más estimulante del otoño-invierno a nivel musical en Barcelona. Una sanísima sobredosis de bandas emergentes —hasta 37, nada menos— concentradas en tres días entre la Sala Apolo, su hermana pequeña La [2], más la novedad este año de las actuaciones gratuitas de mediodía en el Centre Cultural Albareda. Mucho que descubrir y disfrutar, en definitiva. Así que, sin más prolegómenos, nos zambullimos ya en la crónica de nuestro periplo por el Primavera Club 2016.

Viernes, 21 de octubre

Nuestra andadura en el Festival arrancó en La [2] de Apolo con los locales Extrarradio y su extraña mezcla de sonidos, donde cabe prácticamente de todo: psicodelia, ambientes post-punk, rapsodias, funk… Ambición y amplitud de miras no les falta, pero nos dejaron la sensación de asistir a una jam session algo destartalada, más estimulante cuando se aventuraban en pasajes puramente instrumentales que cuando su vocalista tomaba el micro.

Tampoco Museless, ya en la sala principal, nos convenció —aunque uno debe admitir que su interés y conocimientos sobre música electrónica son muy escasos—. En la breve reseña que el Primavera Club proporciona de cada banda, a la catalana Laura Llopart se le señalan influencias de Portishead y Grimes. Referencias muy mayores para, al menos, un directo cuyo sonido —tremebundo, eso sí, ella sola se bastó y sobró para apabullar la sala, qué vozarrón tiene— se decantó por el dance oscuro de trazo algo grueso.

De nuevo en la sala pequeña del Apolo, ya notablemente llena, para disfrutar de la actuación de Boys Forever, primera diana del Festival para quien escribe. Dejando atrás el indiepop lo-fi de Veronica Falls en favor de un sonido más robusto, noventero y norteamericano, con ecos de Pavement, el trío comandado por Patrick Doyle venció y convenció. Con mención destacada a su vigorosa bajista, haciendo bueno el dicho de que, con frecuencia, «menos es más».

Y de muy satisfechos a directamente extasiados con Lucy Dacus. Poco importó que la de Richmond, Virginia, sea ridículamente joven. O que el del viernes fuese su primer concierto en Europa. O que parte del público diera rienda suelta a su cháchara interminable. Dacus y su compenetrado, solvente grupo, pudo con todo. Estupendo sonido, vibrante puesta en escena y sorprendente atrevimiento para «soltar» los temas más movidos, como ese píldorazo rockero que es Strange Torpedo al principio y, pese a ello, brillar con las canciones más esquivas y atmosféricas. De hecho, incluso aprovechó la ocasión para debutar un par de composiciones que para nada le andaron a la zaga a los mejores momentos de su fantástico debut No Burden. Memorable. Definitivamente, ha nacido una estrella.

Tras el que sería el concierto de la jornada, tocaba bajar de nuevo a La [2] a comprobar de primera mano si el hype indie-rock nuevaolero de Public Access T.V. está justificado. Desafortunadamente, la respuesta, en mi opinión, es poco concluyente. El público lo van a tener —la sala se quedó pequeña pequeña—. La contundencia y empaque en directo también. De hecho, son impecables y contagiosos en el escenario… pero sólo tienen una canción. Sin duda, la bordan. Pero claro, si se estira cuarenta minutos, se empieza a ver el truco…

…Aunque, a decir verdad, pocas ganas de poner pegas a los anteriores le quedan a uno si lo compara con el directo que vendría a continuación. En una abarrotada sala principal, a los neozelandeses Yumi Zouma se les fue mucho la mano con el «efecto festival», desapareciendo por completo cualquier atisbo de la envolvente sutileza que sus canciones tienen en disco —cero dream pop, todo synth—. Además, el tema vocal también anduvo bastante justito. Pena.

Sábado, 22 de octubre

Con la lección bien aprendida del viernes —evitar la asfixia de La [2] lo máximo posible— nuestro paso por el folk añejo, varado en el tiempo, de Aucell Cantaire fue demasiado breve para poder hacer una valoración. Tocaba tomar posiciones en la sala grande para El Lado Oscuro de la Broca y su perfectamente engrasada maquinaria noise-shoegaze. Afilados y sin contemplaciones, fueron un auténtico martillo pilón, siempre con esa sensación de peligrosa urgencia entre sacudidas eléctricas de alto voltaje —pero que trallazo es Cartas al apóstol, por favor—. Primeros zumbidos de oídos de la noche y caras de sincera y feliz estupefacción entre muchos de los presentes que los habían visto por primera vez. Poca broma con los zamoranos…

Turno para un remanso de paz con Maria Usbeck y su singular —vienen a la cabeza nombres como Javiera Mena o incluso Single, pero lo de la ex Selebrities no necesita comparaciones—, arriesgada apuesta por un pop minimalista, de barniz electrónico y variedad sónica, en los que música y tradición latinoamericana siempre están bien presentes —incluido un tema en lengua quechua—. Siempre es de agradecer una propuesta diferente, pero la impresión de uno es que el concierto nunca «echó a volar», resultando algo rígido, ni conectó con un público más bien frío y, como siempre, bocazas.

Nuevo llenazo para presenciar, a tenor de las escuchas previas al festival, el folk-pop del siglo XXI del escocés C Duncan, que en Barcelona se presentó con banda más que completa, haciendo de los juegos vocales, muy a lo Local Natives, una sus bazas principales. Puede que se mostrasen excesivamente contenidos, pulcros y eficientes. Pero en realidad, es un matiz menor a un show al que poco se le puede reprochar. No se puede decir lo mismo de cierto tipo de público —nada peor que tener la mala suerte de situarte al lado de los amigos, novi@s y conocidos del grupo—. Pero esa es otra historia…

Llegaba la hora del que, al menos en teoría, debía ser el concierto de este Primavera Club. Y Minor Victories pusieron toda la carne en el asador para hacer honor a semejante expectativa. Primero con un mastodóntico Stuart BraithwaiteMogwai— a la guitarra, volándonos cabezas y oídos a los de las primeras filas —such a heavenly way to die— y logrando lo imposible: que el adorador talibanesco de Rachel GoswellSlowdive— que es un servidor se quedase embobado con la fuerza incontenible del veterano guitarrista, bien secundado por el musculoso bajo de Justin LockleyEditors— y la trepidante batería de su hermano James. Pero Rachel, que parecía haberse quedado en un segundo plano sepultada en el denso muro de sonido del trío instrumental, aún tenía que decir la última palabra, que llegaría con la épica fragilidad de la descomunal Breaking My Light, las contenidas incandescencias de Folk Arp o Higher Hopes y, por supuesto, el remate pop de la inmensa Scattered Ashes (Song For Richard). Algo menos de una hora gozosamente perdidos en el espacio…

Domingo, 23 de octubre

Jornada breve pero intensa para concluir esta edición del Primavera Club. Dos bandas locales a las que es imposible no tenerles un cariño especial para abrir la tarde-noche. Las primeras, Yumi Yumi Hip Hop, porque a veces berrean, a menudo guitarrean y, pese a que aún estén —lógicamente— «verdes», transmiten algo que no se puede impostar: alegría por estar allá arriba, en el escenario. Y los segundos, Gúdar, mucho más veteranos, porque son, simplemente, únicos. No puedes clasificar su exclusiva forma de entender el pop, retorcida, difícil, incluso a veces exasperante, pero, sin embargo, extrañamente balsámica. No puedes entender del todo sus letras, pero te ríes y, cuando te aprendes un ¿estribillo? simplemente tienes que cantarlo a pleno pulmón. Y en el Apolo simplemente lo bordaron, cogiendo impulso con una instrumentación potente, certera, y defendiendo sus canciones con convicción y unos juegos de voces formidables. Los marcianos del Baix Llobregat estuvieron inmensos.

Y entonces le tocó el turno a Whitney. Un disco de lo más agradable coronado por una canción perfecta llamada No Woman. Parecía una apuesta fácil, más o menos segura, aunque lejos de ser uno de los musts del Festival. Hasta que el dicharachero Julien Ehrlich empezó a cantar en su agudo falsete mientras tomaba el mando de la batería y la guitarra de Max Kakacek se ponía a dibujar melodías indelebles con su guitarra. Y se produjo el milagro. Grupo en estado de gracia, haciendo que todas y cada una de sus composiciones, algo así como si The Band abrazasen decididamente el soul —el «bueno», el de «antes»— y solo tocasen al atardecer, adquiriesen una dimensión mucho mayor que en el álbum. Preciosas y preciosistas —juegos de voces, teclados, una trompeta fundamental para entender su sonido— sin resultar forzadas. Románticas sin exceso de azúcar. Alegres sin ser bobas ni necesitar expenderte cervezas. Melancólicas sin «vender el drama». Conexión instantánea con un gentío entregado. Y tantos momentos a destacar que se hace imposible quedarse con solo uno. Quizás la delicadeza de Light Upon the Lake. Puede que la eufórica versión del MERECIDÍSIMO Nobel de Literatura Tonight I’ll Stay With You. El final de Follow. O la más bailable No Matter Where We Go. Sin olvidar, por supuesto, No Woman, cuyo reprise y trompeta deberían durar eternamente. Los queremos a principios de junio en el escenario Ray-Ban, al caer el sol.

Y ese fue el magnífico colofón del Festival para nosotros. Nos hubiera gustado ver a Hoops, pero cuando logramos bajar las escaleras de la sala principal ya no se permitía la entrada a La [2]. Un pequeñísimo borrón final, casi anecdótico, para tres días de Primavera Club que, como siempre, dieron para mucho, dejando un éxito de público, gran sabor de boca y un puñado de actuaciones para el recuerdo.

Fotos: Carla Rebés

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