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Crónica del Mad Cool 2018

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MAD COOL, EL MEGAFESTIVAL DE TINTES FARAÓNICOS

Antecedentes: quiero ser el más grande

Ya se veían las intenciones desde su primera edición. Mad Cool quería convertirse desde el minuto 1 en uno de los festivales de referencia, sin el consiguiente rodaje que requiere cualquier gran evento (como sí le pasó al Sónar, al FIB o al Primavera Sound, por poner tres ejemplos de festivales de referencia ya consolidados). Y claro está, suele ser recomendable ese crecimiento proporcional para ir abarcando todos los desafíos que ello implica. Luego está la noria como concepto, como icono del entretenimiento musical, como atracción sonora.

Para esta tercera edición Mad Cool pasaba de los 35.000 espectadores por día de la edición de 2017, a 80.000 personas. Abandonando La Caja Mágica. Y también olvidando la fatídica muerte en la edición de 2017 del artista y bailarín Pedro Aunión, al que dedicaron una carpa / escenario de artes circenses, danza y moda en esta edición de 2018. Moviéndose a un recinto mucho más grande en Valdebebas (cerca de Ifema como punto logístico) que había que adaptarlo a las necesidades del macrofestival.

La cola eterna

Los problemas de la primera jornada de esta edición 2018 deberían haberse evitado, y no poner en peligro la gestión de un aforo de tales dimensiones. El jueves ese caos en los accesos pusieron en riesgo la seguridad de los asistentes: las largas esperas para entrar al recinto, las colas excesivas en las barras con un público sediento por el calor madrileño (el riesgo de lipotimias y desmayos o deshidratación de los asistentes), problemas para pagos con TPV, y sobre todo un aforo de tamañas dimensiones. En cualquier gran evento se asume un tiempo prudencial de espera, pero el jueves se superaron las más de dos horas y media de colas en los accesos, o los atascos de tráfico detenido más de 30 o 45 minutos al recinto y a los parkings. Todo eso merma en una experiencia desagradable de primer orden para el público, que se siente tratado como ganado, cuando ha pagado 85 euros de entrada por día, 180 euros por los tres días de festival. Entonces, la experiencia musical se ve perjudicada y minada. Eso sumado a la cancelación del concierto de Massive Attack el viernes, una de las bandas principales del cartel, fueron las notas negativas del festival.

Gestionar un espacio con siete escenarios resulta una maniobra compleja (de espacios, de diseño de sonido, de accesos,…). Y más evitar que no se solape el sonido entre ellos. Cosa que ocurría entre los escenarios Radio Station, Koko y The Loop si se programaban a la misma hora (incluso en Depeche Mode, que tocaron en el segundo escenario principal, se escuchó en algún momento el sonido del escenario aledaño Radio Station). Por ello, la razón que señaló el festival sobre el motivo que propició la cancelación del concierto de Massive Attack dejaba al descubierto un fallo del festival: que se solapaba el sonido entre escenarios. Eso, junto a la evidencia de que no se programa a uno de los cabezas de cartel en una carpa con aforo para unas 10.000 personas. Bien es cierto, que luego hay exigencias de contrato que no se cumplen por la organización y caprichos de los artistas que se nos escapan. Ese tipo de cosas no fueron precisadas para saber cuál fue el motivo.

Los aciertos

Entre los grandes aciertos de la organización del festival cabe destacar la gran idea de plantar en césped artificial para que el recinto no fuera un patatal y un campo de polvo. En el plano técnico, cada escenario por separado sonó a gran nivel, y el excelente el equipo de cámaras y realización que hizo que a través de las pantallas también se pudiera disfrutar de una experiencia visual de primer orden. Todo un acierto ambas cosas, desde luego. La logística del metro funcionó como la seda a la hora de trasladar a los asistentes (de ida y de vuelta a casa), sobre todo porque funcionó toda la noche, cubriendo los puntos álgidos tras acabar los conciertos de los platos fuertes musicales de cada día y tras el cierre del recinto. La noria si, muy resultona, elemento de altura, elemento de sorpresa, como imagen de un parque de atracciones, no deja de ligar el espectáculo a eso, a una atracción: desvirtuando las condiciones ideales y sostenibles de la experiencia de la música en directo. Esa entrada Mad Cool, y el icono, al modo del arte fallero, de la mano con pinturas de colores con ese toque tan guay. Eso me sobra. También entiendo que es necesario dar visibilidad a patrocinadores, de la televisión o de las series, de las bebidas alcohólicas, de las marcas de ropa o de los medios de comunicación, pero ¿no sé puede integrar más y mejor en la experiencia musical?

VIPs, hypes y cools

Josh Homme, cantante y guitarra de Queens Of The Stone Age, detuvo su concierto del sábado en el escenario principal porque no entendía ese privilegio del corralito (o golden circle, en inglés) reservado delante del escenario para el público VIP. Paró su concierto y renunció a continuar hasta que no se quitará ese cerco y se dejara pasar a todo el público, con el consiguiente peligro de seguridad claro está, pero señalando también otro de los filones de un festival: el público Premium o VIP, el clasismo que ello implica, y el pelotazo económico que supone para inflar los precios: un hype de los festivales, dónde se premia al que paga más, se le da un trato de favor, como si fueran los elegidos, una dinámica clasista en la lógica de los festivales. Festivales como Sónar o Primavera Sound que ahora son comprados por fondos de inversión. En lo Cool todo parece existir para sacar tajada: el merchandising, los precios de la cerveza (4,5 vaso pequeño de cerveza, 9 euros el litro) y 2 euros el botellín de agua. Casi como si fueran bebidas de lujo. Y suma el suplemento del euro por el vaso de plástico, como si a una mayoría de festivaleros no les importara tirar ese vaso y no reciclarlo, como si el festival fuese a separar ese plástico como toca: cómo si fuera un festival con una perfil muy ecológico. La zona gastronómica, con sus caravanas, y su comida rápida, a un precio por encima de su calidad (4 euros un perrito, entre 7 y 9 euros una hamburguesa, 10 euros una pizza. En definitiva, la fiesta sale cara.

¿La exquisitez musical?

En lo musical, el cartel de este año contaba con una programación de aúpa. De esos carteles que aúnan clásicos de los 90s y de los 00s, ya consolidadas, con algunas delicias actuales. Pero el corte general era occidental, y de música anglosajona. Eso es un hecho. Y ¿es ésta selección lo mejor de todos los tiempos? ¿No debería un festival también descubrir lo que está por venir, o lo que viene de otros orígenes? Mad Cool aspira a mezclar públicos diversos (treinteañeros y cuarentones que buscan a los clásicos de su época, con veinteañeros que buscan lo más reciente), y difuminar su identidad en una amalgama imprecisa e impersonal. Eso unido a que las distancias y las grandes dimensiones del recinto lo hacen incómodo a pesar de toda la soberbia realización audiovisual: el espectador no entra demasiado en el concierto por esa lejanía, y por el resto de estímulos circundantes que distraen del meollo musical. Claro que se disfrutó con lo que aportan las pantallas pero sobre todo importaba que también se pudiera disfrutar de la experiencia visual al pleno. Pero el todo, el resultado, se resiente.

Mad Cool quiere estar cerca de la magnificada música ‘indie’, que ya ni es independiente ni underground, pero no se decanta por un estilo concreto (porque aunaba pop, con rock, con grunge, con electrónica de baile, con sonidos más rugosos). La línea del festival quiere abarcar de todo, desde bandas de éxito de nuevo cuño como Jain o Dua Lipa, hasta pesos pesados de la electrónica como Depeche Mode o Massive Attack, pasando por clásicos del grunge como Pearl Jam o Alice In Chains, o grandes de los sonidos más rock más incombustibles como At The Drive In o Queens Of Stone Age, y terminando con grandes del folk rock como Eels, Kevin Morby o Jack Johnson. Y esa falta de ubicación, repercute en que la línea del festival se difumina hasta perderse cuál es la esencia. Eso junto a la nula posibilidad de ver a los grandes grupos cerca, salvo que uno prevea con mucha antelación colocarse en buen sitio antes de uno de sus artistas. Y el problema de ubicuidad. Con tantos escenarios es evidente que se solapen horarios y que no puedas ver más que trozos de conciertos o pocos conciertos enteros. Así que tantos grupos y tantos escenarios luego se convierten en una rotunda realidad: el disfrute es limitado por esas variables. Pero también hablemos de un hecho aplastante, la exquisitez no tiene nunca que venderse, porque habla por sí sola.

Épica y rotundidad

De nuestra selección de conciertos que pudimos ver (somos limitados y no podemos abarcar todo, desgraciadamente) fueron dos los mejores conciertos del festival: Pearl Jam y Nine Inch Nails.

Pearl Jam ofrecieron uno de los conciertos redondos del festival. Las buenas críticas que su gira ha ido cosechando ya lo anunciaba. Y así fue. Para mi gusto fue un concierto excesivamente largo, pero bien articulado, mostrando a una banda en perfecta forma, con carisma, bien conjuntada y con un sonido impecable. Centraron su repertorio sobre todo en su primer disco ‘Ten‘ (1991), siendo conscientes de que su legado bascula en buena parte en los clásicos de sus cinco primeros discos de los 90. Vedder estuvo exultante con su timbre de voz tan característico y personal, conectó desde el primer momento con el público gracias a su locuacidad y su saber estar. Y el resto de la banda sonó magnífica (teclados precisos, solos de guitarra vibrantes y una base rítmica fulminante). Recordaron su primer concierto en Madrid en la sala Révolver, dedicaron una canción a las mujeres, y homenajearon a su querido Neil Young versionando “Rockin’ in a Free World”. Cerraron su concierto con un triplete de la muerte, “State of Love and Trust”, “Alive” y “Rearviewmirror”.

Pero para mí, sin duda, el mejor concierto del festival fue el de Nine Inch Nails (NIN). Pese a verlo al principio a 300 metros y llegar a estar a 100 del escenario, conseguí que la banda de Trent Reznor me metiera dentro de esas canciones rugosas, con esa sonoridad industrial, y a la vez una música cargada de detalles, una iluminación espectacular que acompaña los tintes oscuros de su música. Un repertorio que se centró en ‘Bad Witch’, su reciente EP publicado el pasado mes de junio, que contiene buena artillería musical, y en su clásico ‘The Downward Spiral’ (1994). Pero también revisitó otros discos de su larga discografía. Bordó “I’m Afraid of Americans” de Bowie, llevándola a su terreno musical. Fascinó con “Piggy” o “Closer”. Desató la furia con “Wish”, “Gave Up” o “Head Like A Hole” y la calma final con “Hurt”. Su banda suena como deberían sonar todas las bandas en directo, a la perfección. Parecía que todos los elementos estuvieran integrados de una manera fundamental, como si nada sobrara. Claro está la música de NIN no es de consumo masivo, pero su estilo levanta conciencias, agita la rabia y saca el espíritu salvaje en su esencia.

Los otros

Entre lo que pudimos ver de los escenarios grandes nos resultaron convincentes At The Drive In, que cerraron con una inmensa “One Arm Scissors”, el rollito stoner de Queens Of The Stone Age, Jack White y su furia de riffs y blues… Arctic Monkeys y Franz Ferdinand nos parece que siempre tiran de la misma fórmula y solo funcionan cuando recurren a sus primeros discos. En el caso de los segundos, parece que últimamente tocan un tempo por debajo, que les falta reprise.

De los nombres medios vimos unas cuantas cosas. Nos gustaron muchísimo Perfume Genius, y un pop casi de cabaret con teclados, con ese cantante, Mike Hadreas, que es un auténtico performer ¡Qué canciones y cómo ganan en directo!; o ese pop soleado y sutil de Real Estate, que teje capas a la vez que ilumina melodías y las amplifica; el particular sonido de Yo La Tengo que transita entre el rock, la psicodelia y la armonía pop, aunque es cierto que les hemos visto en mejor forma; el soul de Leon Bridges es radiante y clama a las raíces, suena esponjoso, reconfortante; el hardcore del dúo canadiense Japandroids consigue enviar lejos la pereza y sacar nuestro lado impulsivo. Nos gustó ver consolidarse a Kase.O como el gran MC clásico del hip-hop español. O que la gente vibrara con la fusión de La M.O.D.A. Sorprenderse de lo sensual, sutil y brillante que es el R&B y el hip-hop de Sampha. Corear el “The Sky And The Sun” de Paul Kalkbrenner como si fuera el himno del final de los tiempos. Y disfrutar como un enano de esa electrónica de rave que practican Underworld, qué bien funciona un show a dúo, con el comandante disparando beats desde una mesa y con un cantante con gancho, desde sus clásicos como “Juanita”, “Rez”, “Cowgirl” o “Born Slippy” hasta su último sencillo de 2018, “Bells & Circles”, con Iggy Pop como invitado, desatan el baile. Depeche Mode ofrecieron el directo ideal para fans y lo bailamos con ahínco. Los de Basildon hicieron pocas incursiones a su último disco, la preciosa “Cover Me” y el arranque con “Going Backwards”, y una avalancha de éxitos, recuperando la balada “Somebody” o su primer gran éxito, “Just Can’t Get Enough”, pero la edad pasa factura y sus directos pierden fuelle con los años. Tuvo su pase ver la frescura pop de Frankie Cosmos, y sus sonidos muy 80. Entre lo prescindible el rock makinero de The Bloody Beetroots, la electrónica de hit de MGMT o el pop comercial insulso de Dua Lipa. Nos perdimos propuestas variadas como Eels, Lali Puna, Rival Sons, Kevin Morby (que sonaba estupendo desde la cola de entrada), Jack Johnson, la electrónica de Justice. Son pinceladas de un cuadro muy recargado de elementos (bandas), que como el puntillismo satura de materia, de densidad, donde todo parece más de lo que es, pero que luego si lo miras con detalle se queda en menos, se concentra en poco menos que nada.

Volvamos de nuevo a la experiencia personal. La masa, los precios caros, el solapamiento sonoro entre escenarios, la coincidencia de varios artistas / bandas y la necesidad de descartar y elegir entre varios platos fuertes, y una aparente diversidad del festival que, sin embargo, no abre sus puertas a propuestas musicales atractivas de ciertas latitudes (América Latina, África, Asia). Esa hoja de ruta no propicia que la experiencia sea satisfactoria. Mi primer y último Mad Cool. Después de tamaño festival valoro lo pequeño, los festivales cuidados con mimo y esmero al detalle (llámense Vida, Sin Sal, Tomavistas, Purple, Pirineos, Black Is Back, La Mar de Músicas, En Clave de Agua, Funktastic, Huercasa, Blues Cazorla…). Y es que ser grande, ¿para qué?

Fotos: Adolfo Añino

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