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Crónica Cartagena Jazz 2014

Autor: | @bohemian_corner

El Cartagena Jazz Festival es de esas ineludibles fechas marcadas en los sucesivos calendarios personales si eres de la Región de Murcia y tus límites musicales se van ampliando con los años. Y creo que es un idilio que se alargará en el tiempo dada la media de edad de los asistentes a dicho festival, superior a los 35 años sin ninguna duda. Cosa totalmente comprensible, ya que conforme pasa el tiempo y educo a mis oídos, las complejas estructuras jazzeras cada vez son mejor asimiladas y disfrutadas.

Este año no fue fácil acudir tras severos problemas de espalda y tuve que elegir entre los numerosos conciertos ofertados por el festival. Al final, la elección se redujo a cuatro noches y sin desmerecer a los restantes artistas, creo que fue un buen muestreo de la buena salud que goza esta idea sonora que hace 34 ediciones nació.

Vaya forma de comenzar mi idilio de 2014 con el jazz cartagenero. El señor Gregory Porter demostró que como Zidane, no necesita carnet para ejecutar un jazz de quilates a la altura solo de los elegidos. Y una OSRM que cómo no, estuvo a la altura de tan elevadas circunstancias. Además, cuenta con un cuarteto que para nada desmerece al artista y del que sobresale Yosuke Sato, un imberbe que logra hacer del saxo una extensión de su cuerpo. El virtuosismo que demostró (aunque buena parte del concierto se marchó para descansar/dejar protagonismo a su homónimo de la OSRM) durante sus solos nos dejó con ganas de mucho más. Descubrí a Gregory a principios de este año con su aclamado y premiado “Liquid Spirit”, álbum que presentó en este concierto, aunque he de decir que buena parte de las canciones que facturó en el escenario provenían de su anterior largo ”Be Good”. Es el caso de “On my way to Harlem”, donde saxo y trompeta de la OSRM dialogaron durante minutos llevándonos al éxtasis. Acabó el concierto con “Work Song”, ya con Yosuke de vuelta, y con un público entregado, de pie, y agradeciendo haber disfrutado de una voz tan imponente y de un espectáculo a la altura del mejor auditorio europeo. A sus pies, Mr. Porter.

La siguiente elección fue la velada con Snarky Puppy y Brandford Marsalis. El único pero a la noche fue el orden de actuación de los artistas, dejando para último lugar a Brandford mientras que los primeros fueron pura dinamita. Solo fue un pequeño contratiempo para un revolver perfectamente cargado de ritmos. Snarky Puppy son unos jóvenes norteamericanos que facturan un jazz instrumental con claras influencias del rock y los sonidos más lisérgicos. El batería perfectamente podría pasar por componente de una banda de death metal por la intensidad y precisión con la que tocó los ritmos más complejos en sus solos. Presentaron su “We Like It Here”, álbum que elevaron en Cartagena, siendo con la infinita y deliciosa “Lingus” cuando alcanzamos el clímax. Estos tipos serían capaces de dar la talla tanto en un festival de jazz como en los incontables sobre indie que tenemos en nuestro país. En el descanso entre conciertos pasaron por delante de todos los asistentes y recibieron una merecida ovación reconociendo su calidad y desparpajo sobre el escenario. Van en vaqueros, pero su rendimiento es de esmoquin.

El concierto de Brandford Marsalis me evocó a mis días en Praga y esos clubes que abrían a diario con programaciones de primer nivel y entradas a precios prohibitivos. Eran conciertos íntimos, elegantes y de factura exquisita en los que cada actuación suponía una experiencia que con el paso del tiempo se ha convertido en trascendental. En el caso del Cartagena Jazz Festival, el mayor de los Marsalis representó a un cuarteto que rozó la excelencia, con un joven batería que demostró porqué dejó hace tiempo de ser una promesa. Brandford dejaba fluir al resto de la formación colocándose en un segundo plano y cuando se incorporaba a la melodía lo hacía honrando al saxo en su más perfecta ejecución. No es casualidad que colaborara con el eterno Miles Davis en su última etapa. Es jazz de una división que muy pocos pueden alcanzar.

Otro de los eventos más esperados fue el de la estadounidense Cat Power, que apenas un día antes de su actuación ya anunciaba su embarazo durante su concierto en Barcelona. Siempre fue una artista brillante que hizo del desequilibrio emocional una de sus señas de identidad. Y en Cartagena nos ofreció toda esa faceta elevada a la enésima potencia. Nos deleitó con momentos conmovedores y bellos, repasando lo mejor de su obra en un extenso concierto, pero daba la sensación de que todo podía desmoronarse en cualquier segundo. Fuimos partícipes de su incomodidad durante determinados momentos de la actuación, la cual acabó cerrando con más luces que sombras. Chan Marshall ha aprendido a caminar por una diminuta cuerda sobre las alturas. Y quizás sea ese vértigo constante lo que nos mantiene enganchados a su música.

Empezó la jornada de clausura del festival con Melanie de Biasio , acompañada de su banda y creando un ambiente íntimo y oscuro, donde bajo su tenue y preciosa voz nos llevó a nuevos paralelos por descubrir. Me pareció una propuesta interesante y sobre todo arriesgada, ya que a veces rozó atmósferas demasiado planas pero en el cómputo general supuso una experiencia emocionante apreciar cómo se iba desarrollando su “No Deal” entre extrañas atmósferas sonoras. Emanó de entre la niebla con su flauta y peculiar discurso para seducirnos. Perfecto punto de partida para lo que venía a continuación.

Si había algún concierto que esperaba con ilusión y expectación era el de Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández Miró. Ella me maravilló con la banda sonora de la premiada “Blancanieves” y desde ese instante me prometí no perderle la pista. Así que cuando salió a la luz su disco “Granada” lo devoré hasta comprender que un aparente disco de versiones puede tener alma propia y brillar muchas de sus canciones por encima de las originales. El concierto empezó con la bella “Abril 74” de Lluis Llach, y desde ese instante nos fuimos enamorando de ella hasta que dejó de sonar la última nota. Entre canciones explicaba anécdotas, el significado de algunas creaciones o el porqué del nombre del disco que alude a que a veces pueden ser dulces y otras una bomba a punto de estallar.

Pese a un pequeño problema de sonido inicial con una de las guitarras, Raúl estuvo sin duda a la altura de tan magna voz y sorprendió su versatilidad a la hora de tocar con muchas tablas tanto la guitarra española como la eléctrica. Ha logrado transformar canciones para darle a través de la guitarra su particular visión tan llena de distorsión y personalidad. La actuación de ambos fue un paseo por su “granada”, con temas tan bonitos como el “Acabou Chorare” de Novos Baianos, o el “Pequeño Vals Vienés” con el que acabaron. La reacción del público fue simplemente histórica. No recuerdo algo parecido en los últimos tiempos. Fueron aplausos repletos de sinceridad y emoción que les dejó sin más opción que volver a salir para poner el colofón con “Gallo Negro, Gallo Rojo” y tocar el cielo de Cartagena.
Este festival sigue dignificando a la Región de Murcia con su buen hacer y sus propuestas sonoras de primer nivel. Una vez más, gracias.

Foto de Pablo Sanchez del Valle

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