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Cheikh Lô, Galileo Galilei, Madrid (19-10-2015)

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La luz del ritmo

África Vive, reza un ciclo de conciertos y plataforma que programa un festival y sigue dando guerra, aunque no se les oiga en exceso. Cityzen organizaba la vuelta a la capital de Cheikh Lô. La excusa, la reciente publicación de ‘Balbalou’ (2015). El senegalés puede presumir de una madurez bien llevada, de elegancia sonora y de fusión de estilos (jazz, raíces folclóricas, blues, pop africano, y ritmo, mucho ritmo). Como decía mi buen amigo y fotógrafo Alejandro del Estal (las dos instantáneas que acompañan esta crítica crónica son suyas), “esto es música comercial africana,” pero sin decirlo de una manera despectiva, más bien todo lo contrario como queriendo decir “música de la buena”. Porque Cheikh Lô respira música, y se vive, se nota, se siente. Ese ritmo, esas melodías que te empapan, que alcanzan tus oídos, que captan tu escucha y te calan el alma. Colaboró con Papa Wemba y Youssou N’Dour entre otros nombres grandes de la música africana. Es un gran guitarrista y hasta toca la batería, se atrevió a sustituir a su hábil baterista en una de las canciones que tocaron en Madrid.

Era un lunes otoñal en Madrid, y a pesar del aparente frío atmosférico en el exterior, la Galileo Galilei tenía calor y buena ‘vibra’. Que quinteto más solvente le acompaña (saxo, guitarra, bajo, batería y percusión). Esos arreglos muy afrojazz del saxo, o esas guitarras tan a lo blues africano. Esos solos de percusión, impresionan con esa especie de baqueta única, a lo ancestral, con la fuerza de la tribu, la fuerza de la raza y de la humanidad. El carisma de un Cheikh Lô, de complexión delgada, pero con un alma grande, con una preciosa camisa colorida y una gorra. El resto de su banda ataviada con los típicos trajes de pantalón camisa africanos llenos de colorido y motivos naturales. Mención especial a las canciones de su último disco, pero también rescataron temas de ‘Jamm’(2010), ‘Lamp Fall’ (2005), ‘Bambay Geej’ (1999) y ‘Ne La Thiass’ (1996). Dando lugar a su lengua vernácula pero también a la lengua francesa. Lô no es muy prolífico pero sus obras tienen mucho de los buenos remates finales, de los trabajos del buen sastres, del buen corte final, de las buenas telas y del gusto en el color. Qué gusto ver a los músicos en trance, en plena conexión con su instrumento, con el combo, con el público. Es la complicidad con la fuerza de la música. A pesar de las inclemencias. Y eso es grandioso ¡Qué festejo ver a las casi cien personas bailar sin pensar más allá del presente! Los pueblos que se agarran a las raíces, a la música, viven más felices, a pesar de las desgracias, de todas las injusticias que sufren, y cambios de envergadura que necesitan. El cambio empieza en uno mismo. Por eso celebremos la música, y a Cheikh Lô.

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Fotos: Alejandro del Estal

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