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Blonde Redhead, Joy Eslava, Madrid (26-02-2017)

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‘Arty’ Rock Land (de Óscar): música en estado libre.

Blonde Redhead aparecieron en el panorama musical a mitad de la década de los 90 como una banda libre en sus planteamientos rock, con una esencia genuina, un tamiz ‘arty’ (no en vano Kazu Makino estudió arte) y con un nombre extraído de una canción de la banda no wave neoyorquina DNA. El trío (entonces cuarteto completado por el bajista Maki Takahashi) se conoció en un restaurante italiano, y más allá de querer seguir la nouvelle cuisine, su práctica del rock caminó libre por dónde quiso, recogiendo el testigo del argumentario de la new wave y del noise de los 80 de la Gran Manzana. Les apadrinó Steve Shelley de Sonic Youth, quien produjo su primer disco. Pronto encontraron su senda propia y fueron experimentando ‘sin ton ni son’. Construyendo una carrera sinuosa que ha cosechado nueve discos.

Un recorrido lleno de quiebros y de replanteamientos sonoros. Siempre buscando la sorpresa y un sonido lleno de matices, de robustez, de arreglos clásicos neogóticos (“Elephant Woman”), con la oscuridad y el desencanto muy de cerca (“Doll Is Mine”). Jugando a la experimentación y toqueteando la maquinaria electrónica, con el ruido presente, llevando al pop a los terrenos más sombríos e introspectivos… Todo ello se pudo ver el pasado domingo. El trío neoyorquino formado por Kazu Makino (voces, guitarras y teclados) y los hermanos Simone (batería) y Amedeo Pace (voces y guitarras) visitaban Madrid por primera vez. Tímidos en su contacto con el público pero muy sentidos y muy agradecidos por el calor y los vítores. Ofrecieron una representación muy aguerrida de su cancionero.

Recorrieron por desigual su discografía, arrancando con las vibrantes  aristas que impone el riff de “Falling Man”, que desprende una rugosidad matizada por los teclados. Una única mención a sus inicios, “Bipolar” incluido en ‘Fake Can Be Just AS Good’ (Touch & Go, 1996), que arremete con un riff seco y unas guitarras cortantes. Presidieron los seis temas de su disco ‘Misery Is A Butterfly’ (4AD, 2004). Tres de ‘23’ (4AD, 2007), y tres canciones de su último disco ‘Barragán’ (Asawa Kuru, 2014), donde hacen acto de presencia los matices electrónicos de la larga “Mind to Be Had”, la atmósfera acuciante pero sugerente de “Dripping” o el ambiente progresivo de “No More Honey” donde Makino crea una capa de espesura. Y tres canciones de su último EP ‘3 O’Clock’ (Asawa Kuru, 2017) que se edita este viernes: la titular, “Give Give”, y una preciosa y sutil “Where Your Minds Wants To Go”. Un EP que muestra el lado más melódico y amable del trío, pero incorporando esas atmósferas tan suyas, tan sugerentes, tan preciosistas. Su carrera es un constante giro, recorrido y búsqueda: y mostrando en esos viajes todo su esplendor.

En Blonde Redhead impactan las guitarras lacerantes; los juegos de voces: ese juego entre voz masculina y femenina / la sensualidad oriental de la voz de Makino que también posee la fuerza, la libertad y la urgencia del punk; gusta su concepción abierta del pop, sus arreglos preciosistas, sus apuntes electrónicos o esos ritmos tan contundentes que impone Simone a la batería. En ellos no hay una denuncia directa o un posicionamiento político, pero si se entrevé mucha libertad y una manera fluida de dejarse llevar. Fulminante la muralla sónica de “Spring and by Summer Fall” expandiéndose en el tiempo y en nuestro cerebro, ampliando registros y sirviendo de colofón ideal para la primera parte. En los bises los neoyorquinos se despidieron con una pieza nueva, “Give Give”; con la maravillosa “23”, con esos riffs incendiarios y los sugerentes “la la la la” de Makino en el estribillo; y de cierre “Equus” con esos grititos de Makino en el estribillo. Blonde Redhead recibieron el calor del público, convencido de un directo de altura, contundente e impecable, que hace justicia a su manera de ampliar el rock, salieron aupados por el público que llenaba tres cuartas partes del aforo de la Joy. Blonde Redhead consiguió remarcar la confirmación del riesgo musical y la constatación de una excelente banda en directo. Es la capacidad de seducción del Arty Rock Land.

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