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Benjamin Clementine, Noches del Botánico, Madrid (11-07-16)

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Benjamin Clementine ha sido catapultado de la noche a la mañana a la cima del éxito musical por gran parte de la crítica especializada, que se ha deshecho en halagos hacía su primer y único disco: “At least for now”. A esto hay que sumarle una presencia física como mínimo peculiar, y una historia/leyenda sobre sus difíciles y humildes comienzos de esas de película. Materia prima perfecta para que los engranajes publicitarios de la industria discográfica empiecen a funcionar a toda máquina.

El pasado día 11 se presentaba en Madrid dentro del ciclo Las Noches del Botánico, una buena oportunidad para comprobar qué hay detrás de la promoción, los premios, y el ruido que hacen los profesionales del sector cuando piensan que han hallado un nuevo filón. Y en este caso lo que hay es un músico diferente, personal, que no solo no defrauda después de tantas expectativas creadas alrededor de su figura, sino que demuestra que en esta ocasión sí hay nueces tras el ruido.

Sobre el escenario le acompañaban un batería y una chelista, él sentado al piano, y una voz y una manera de interpretar que no deja indiferente a nadie. Es casi imposible no acordarse del también diferente y personal Antony (bueno, del artista anteriormente conocido como Antony), aunque Clementine está mucho más influenciado por el jazz y el blues. Su música pasa de lo sutil y casi simplemente sugerido, a lo exacerbado y casi rimbombante. Y vuelta a empezar. Cuando se pierde en excesos de virtuosismo vocal y en complejos cambios de ritmo y estilo (“Adios”) puede resultar algo irritante, pero cuando todo se centra en lo esencial el resultado es más que notable (“I Won’t Complain”, “London”). Cuando empezó a tocar su versión del “Riverman” de Nick Drake ya tenía completamente embelesado al público. Público que mantuvo un respetuoso silencio cada vez que, tras finalizar un tema, Benjamin se quedaba en silencio mirando el piano durante unos segundos, como mentalizándose para el siguiente paso. Tardó en dirigirse a la audiencia, y cuando lo hizo sorprendió por su timidez y simpatía. Intentó chapurrear algo en español, agradeció la calurosa acogida, alabó la belleza del entorno, y bromeó con el hecho de que alguno que otro decidiera levantarse en medio del concierto para acercarse a por algo de beber o comer. “¿Qué hacen? ¿Se van a casa a dormir?”, no Benjamin, es que aquí somos así.

Tras una cerrada ovación volvió para, solo con el piano, tocar un tema más. Otra ovación y Clementine deja el escenario, agradecido y sin abandonar del todo esa timidez.

Música intensa y emotiva que deja ver heridas que aún están cicatrizando. Talento, y tablas no muy comunes para un recién llegado al mundillo de la música.
Igual sí que ha nacido una estrella.

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