Publicidad

Anari, Sala Siroco, Madrid (21-05-2016)

Autor:

ANARI, LA FUERZA PARA SOBREVIVIR

Entrevisté hace años a Anari Alberdi por teléfono para un especial sobre mujeres en la revista Zona de Obra, sería 2003 o 2004 coincidiendo con el EP que publicó con Petti. De Anari me sedujo su manera de ubicarse en el mundo, esa combinación de dureza con filosofía de vivir. Sus canciones respiran dolor, heridas, superación y experiencia, pero tienen una fuerza vital imparable. Y nunca la había visto en directo. Se prodiga poco por la capital.

Después del concierto del sábado, puedo decir que Anari es imprescindible. Ya lo dije en mi artículo de opinión sobre los Premios MIN, de la música independiente. Admiro a Jabier Muguruza, pero ‘Zure Aurrekari Penalak’ (Bidehuts, 2015) (‘Mis antecedentes penales’ en castellano) debería haber ganado el premio al mejor disco en esukera.

Los que vimos en Siroco a Anari el sábado, alucinamos, desde aquellos que cantaban las letras en euskera hasta los legos en la lengua vasca, a quiénes también nos atraviesa su constelación musical. Conectamos con toda su espesura. Con su universo personal, que franquea territorios, salta obstáculos, y desplaza conciencias. Anari te agita y te revuelve, pero su música es honesta: tiene toda combinación posible de ingredientes donde el rock se alía con la composición, con el calado de la música de autor. Y eso no es poca broma. No es casualidad que esta mujer, aún siendo ‘de letras’ aplique el principio de “Arquímedes” al mundo de las relaciones personales, a los cuerpos que desplazan a otros cuerpos.

Acompañada de un cuarteto de excepción sus canciones volaron sobre nuestras cabezas, nos perforó el alma, nos llenó de emociones encontradas. “Efémerides”, una canción sin editar escrita para Gora Japón, una maravilla, a pelo, ella sola. Fue una de las canciones que tocó sola. Y de nuevo con su cuarteto acompañándola, qué maravilla la versión de Nick Cave del “The Ship Song” traducida al euskera.

Anari conecta con su universo y lo siente, se manifiesta en esa mirada fija, en esos ojos cerrados, cuando canta. Metiéndose en las tripas de la canción y de la letra. Muchas referencias a los animales “Zebra”, y esa maravilla que es “Oreinak” (los ciervos), y la naturaleza, normal por su proximidad con las montes en un País Vasco donde la naturaleza brilla. Pero también a las relaciones (“Naufragoak”, “Distantzia”) y a los efectos colaterales (“Orfidentalak”). Cerró con “Gu” esa maravilla que cierra ‘Zebra’ (Metak, 2005), y también abordó ‘Irla Izan’ (Bidehuts, 2009) pero se centró en su último disco, obviando los dos primeros discos. En definitiva, un lujo de directo honesto, cargado de fuerza, de esa fuerza necesaria para sobrevivir. Anari reinventa el rock, y con el calado de su lengua, que podría resultar abrupta, pero no, con la que gana fuerza y frondosidad. Con ese cantar vibrante, apenas tembloroso, con la existencia de todo aquello que dice. Más allá de la etiqueta de ‘la PJ Harvey vasca’: Anari es Anari, aunque suene a redundante. Orgullo vasco.

To Top