Clapton. Autobiografía, Eric Clapton (Neo Person, 2019)

Eric Clapton

La editorial Neo Person y su imprescindible colección musical Neo Sounds vuelve con otro mito contemporáneo, nada menos que Eric Clapton y su Autobiografía. Cerca de cuatrocientas páginas de una sorprendente honestidad, sin miedo a abrirse en canal y asumir los errores y culpas de sus horas más oscuras. Un viaje rebosante de solos de guitarra, pésimas decisiones, brutales y dañinas obsesiones… y mucho blues.

Publicadas originalmente en 2007 —uno de los escasos «debes» de estas memorias, más de una década de años escatimados se antojan demasiados—, un Clapton entonces sexagenario, con problemas de audición, vislumbrando una retirada de los escenarios —algo que su próxima gira en 2020 parece desmentir, para regocijo de su legión de fans— consigue esquivar los tópicos del género, pese a que su carrera ha estado repleta de todos los excesos clásicos del rock, mediante a un relato en el que lo confesional fluye sin dramatismos con un tono narrativo cercano, bien plasmado en la traducción al castellano de Puerto Barruetabeña Diez. Al concluir el libro, uno diría que el británico ha logrado estar en paz con sus demonios, por lo que ya no son necesarios los actos de contrición ni los ajustes de cuentas. 

Y eso que la historia de «Mano lenta» da para un melodrama —o una serie larga—. Ya desde su más tierna infancia en Ripley, localidad del condado de Surrey, al sur de Londres, debido a un hogar notablemente disfuncional, tras descubrir que a quienes llamaba padres eran en realidad sus abuelos mientras su hermana era su verdadera madre, que además acabaría marchándose de casa. Algo huraño y recluido en sí mismo, la radio de los años cincuenta sería el asidero del joven Eric Clapton. El blues y la guitarra iban a entrar en su vida… y quedarse para siempre. Las únicas adicciones sin contraindicaciones de su existencia.

Ese período adolescente que culminará en unos espídicos años sesenta es una de las partes más sustanciosas y reveladoras del libro. Por un lado encontramos al Clapton prodigio precoz de las cuatro cuerdas, que empieza a destacar en la escena británica bluesera a base de puro talento. Pero, por el otro, tenemos a un joven que necesita de esa misma guitarra y prematura obsesión por los pioneros del Blues del Delta para contrarrestar sus dificultades con las relaciones humanas, especialmente las íntimas con el sexo opuesto. Una dicotomía que también va a reflejarse en su complicado devenir en los diversos proyectos musicales de los que formaría parte.

Cream (Bruce, Ginger y Clapton) foto de Jim Marshall.

En 1963, con apenas dieciocho años, Clapton fue reclutado por su compañero de clase Keith Relf para integrarse en los Yardbirds. Ahí se ganaría su imperecedero apodo, pero su idiosincrasia purista y anti-comercial le hizo saltar del barco medio año después, tras el éxito de «For your love», una traición al blues-rock, una concesión insoportable en favor del pop según el de Ripley. Menos aún duró su participación junto a John Mayall y sus Bluesbreakers, surrealista periplo en Grecia incluido. El patrón se repitió con sus supergrupos, Cream y Blind Faith —descansa en paz Ginger Baker—, con Clapton perdiendo la motivación en cuanto la repercusión mediática y de ventas —es el momento de la fiebre por el guitarrista, resumida en ese metro de Londres con la frase «Clapton es Dios»— asomaba. La excusa de alguien reacio a lidiar con la presión, frustrado además ante una escena que le era ajena, dominada por los Beatles o la volcánica irrupción de su amigo Jimi Hendrix

Desgraciadamente, los setenta no iban sino a empeorar los síntomas para Clapton. Del autosabotaje a la autodestrucción, ayudada generosamente por sus nuevas obsesiones: el alcohol, las drogas y Pattie Boyd —musa de la eterna «Layla»—, esposa de George Harrison, uno de sus mejores amigos. Con un par de excepciones —su primer disco en solitario, o al frente de Derek and the Dominos— la década será un verdadero viacrucis. Discos gestados en condiciones deplorables, fiestas y situaciones kamikazes, desesperados ingresos en rehabilitación, comportamientos pseudo-maníacos, que ahora serían indiscutibles ejemplos de acoso, relaciones sentimentales infernales… Clapton, sincero hasta el extremo, no tiene reparos en admitir su culpa. Son los años perdidos, años que se extendieron hasta bien entrados los ochenta, ya que a la desintoxicación de la cocaína y la heroína no le siguió la del alcoholismo. Y es que la bebida se llevó por delante su matrimonio con Pattie y buena parte de su inspiración. Sin embargo, la revelación del músico asusta todavía más. Hubo un tiempo en que «la única razón por la que no me suicidé fue porque muerto, no podría beber, sentencia». 

Clapton y su hijo Conor, fallecido a los cuatro años. Foto REX/Shutterstock

Clapton logró salir del pozo, aunque le quedaba otra tragedia, más brutal si cabe, que superar. La muerte en 1991 de su hijo Conor, de la que, como es bien sabido, surgió la celebérrima «Tears in heaven». No obstante, el británico no se regodea demasiado en lo desgarrador del accidente, sino en el refugio hallado en la música, con posteriores éxitos como From the cradle —el disco de blues más vendido de la historia—, proyectos largamente anhelados como su trabajo junto a B.B. King, o su sentido homenaje a Robert Johnson. Asimismo, Clapton prefiere hablarnos de su nueva vida, más reposada —tufillo zen, también—, pescadora y cazadora —ejem—, con una relación que le va a proporcionar la tan anhelada estabilidad. No me atrevo a decir que es un cierre algo ñoño, la concesión de alguien bastante bastante sabio que sabe el final del relato se aproxima. Además, el epílogo, una carta de amor a sus héroes del blues, es demasiado hermoso como para no concederle el beneficio de la duda. De hecho, tiene lógica que a «Mano lenta» la felicidad le haya llegado en el tramo final de su existencia.