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The Walking Dead: certificado de defunción

Autor: | @JorgeABertran

 

The Walking Dead, basada en los cómics creados por Robert Kirkman, heredaba de estos la estupenda premisa de contar lo que pasa después de una película de George A. Romero -a quien se dedica un episodio de esta octava temporada-. La idea era extender infinitamente el escenario post-apocalíptico de La noche de los muertos vivientes (1968), algo que, en realidad, Romero hizo con sus propias secuelas. Esa promesa se ha cumplido, lo que no significa necesariamente que estemos ante una buena serie de televisión. Apoyándose en legiones de fans -que ahora parecen darle la espalda- más que en su calidad, esta ficción ha ido perdiendo fuelle hasta esta octava entrega, la peor de todas en mi opinión. Los elementos que han mantenido a flote a The Walking Dead se han ido desgastando como cadáveres que se pudren hasta quedarse en los huesos. Precisamente, los propios zombies han perdido protagonismo por agotamiento y por la pretensión de los productores de hacer una serie de “calidad” que pueda sostenerse sin su reclamo. El carisma de los protagonistas, especialmente Rick (Andrew Lincoln) y Daryl (Norman Reedus) -este último no existía en los cómics- ha perdido brillo con el paso de los episodios. Sobre todo Rick, cuyo interesante desarrollo le ha llevado de héroe positivo a líder despiadado, para acabar ahora experimentando una redención torpemente ejecutada. Otros personajes han desaparecido por la necesidad de la serie de golpes de efecto periódicos, muertes más o menos justificadas para mantener el interés, sobre todo en los finales de temporada, regla que aquí vuelve a cumplirse con una pérdida importante. Si anteriormente ha jugado en contra de TWD esa pretensión de calidad, que ralentiza la acción, que somete a sus personajes a problemas existenciales, o que lleva a dedicar episodios enteros a secundarios no demasiado interesantes, aquí vemos una agradecida voluntad de ir al grano. También se ha limitado la tendencia a desordenar el relato con flashbacks -aunque en esta temporada aparecen incluso flashforwards– que no hacen que la serie sea mejor, sino más confusa. Y si la llegada de un villano brutal y sádico como Negan (Jeffrey Dean Morgan) devolvió a la creación de Kirkman la emoción perdida, hay que lamentar que cada nueva aparición del villano ha sido menos tensa en esta octava, que analizo con spoilers menores.

1) La muerte de un personaje importante

Hablemos primero del final de la mid-season de esta octava temporada, que se salda, como siempre, con la muerte de un personaje, en este caso, muy importante. Un fallecimiento que, de hecho, sirve para desequilibrar emocionalmente a los que sobreviven -especialmente a Rick, pero también a Negan- en la que probablemente sea la desaparición más relevante y con más consecuencias de lo que va de serie.

2) Más acción y menos comerse el coco

Esta temporada ha tenido menos disgresiones para profundizar en los personajes y una dosis superior de escenas de acción. Nada de episodios centrados en personajes secundarios en escenarios intrascendentes -para eso ya tenemos Fear The Walking Dead– sino guiones que van saltando de trama en trama, siempre en el marco de la guerra entre los protagonistas y los Salvadores. La ventaja de esto es que garantiza que en todos los capítulos aparecen Rick y Negan, la rivalidad principal de la serie a estas alturas, cuya tensión debería mantener nuestro interés.

3) Demasiadas vueltas

Lamentablemente, la tensión de la rivalidad Negan/Rick se diluye en sucesivos enfrentamientos que no acaban de resolver nada y que solo estiran el conflicto. Lo mismo ocurre con otros personajes, secundarios, cuyo interés es su ambigüedad: no tenemos del todo claro si Eugene (Josh McDermitt) es un traidor o si Dwigth (Austin Amelio) realmente ha decidido cambiar de equipo. Pero los continuos bandazos que dan estos personajes acaban resultando reiterativos y más o menos predecibles, a pesar del esfuerzo por sorprendernos. En el caso de Dwight, sus idas y venidas entre los dos grupos me parecen excesivas. Por no hablar del cansino del cobarde de Gregory (Xander Berkeley), capturado repetidamente por unos y otros.

4) Negan ya no da miedo

Negan es el personaje que sale peor parado de todos. Tras su espectacular primera aparición, creo que los guionistas no han sabido qué hacer con él, más que retrasar su enfrentamiento final con Rick. Además, la afectada interpretación de Jeffrey Dean Morgan ha acabado haciéndose repetitiva en sus tics. A pesar de algunos buenos momentos, como cuando el personaje prácticamente se confiesa con el padre Gabriel (Seth Gilliam) -luego hablaré del componente religioso de TWD– los giros gratuitos y un desarrollo perezoso degradan al villano: citemos cuando le captura la líder del grupo del basurero, Jadis (Pollyanna McIntosh), por cierto, salida de la nada. Esto da pie a un episodio mal escrito y poco inspirado, en el que se explica de forma decepcionante el origen del bate ‘Lucille’, arma con mayor capacidad para volver a las manos de su dueño que el martillo Mjolnir de Thor. Antes de esto, hemos sido testigos de cómo Negan idea un plan absurdo que, sin embargo, deviene en uno de los mejores episodios de la segunda mitad de la temporada (luego hablaremos de éste). Pero lo cierto es que Negan ha perdido la gracia hasta su insatisfactorio enfrentamiento final con Rick. Ante la decadencia de Negan, casi prefiero a su esbirro, Simon (Steven Ogg), que deja de obedecerle ciegamente y aporta espontaneidad al argumento, aunque su trama se resuelve también sin demasiada emoción.

5) Metáforas religiosas

El padre Gabriel es probablemente el peor personaje de la serie. Pero, además, su presencia contamina de religión los significados de esta ficción: hay un episodio dedicado a su búsqueda de la fe (convenientemente sin recompensa). Hay otros guiños religiosos en la temporada: ya conocemos al personaje apodado ‘Jesús’ (Tom Payne), pero también parece cristiana la historia del bondadoso Carl (Chandler Riggs) y el desconocido que decide rescatar -Siddiq (Avi Nash)- que resulta ser un médico -el milagro que pretendía Gabriel- lo que se puede leer también como un apunte político sobre inmigrantes y refugiados en la era Trump. Mencionemos, por último, en la pelea definitiva del capítulo final, la extraña presencia de dos ventanas de iglesia que cuelgan del árbol junto al que se enfrentan Rick y Negan; o la frase probablemente bíblica que suelta el primero: “que la misericordia se sobreponga a mi ira”. ¿Es necesario todo esto?

6) El mejor episodio

Do Not Send Us Astray comienza con el mencionado -y absurdo- plan de Negan, que fracasa parcialmente. A continuación, los habitantes de Hilltop duermen tras ganar una batalla -que no la guerra- sin saber que algunos de ellos han sido infectados: por lo que despiertan convertidos en zombies en plena noche. El enemigo dentro. El capítulo restaura al muerto viviente como amenaza, y la serie vuelve a ser -por un momento- un relato de terror, ofreciendo apuntes interesantes: cuando Tobin (Jason Douglas), eterno enamorado de Carol (Melissa McBride), transformado en monstruo, intenta devorarla, convertido en un acosador de pesadilla.

7) Los peores momentos

The Walking Dead ha perdido su rigor narrativo. Parece resuelta con desgano. Mencionemos la falta de tensión cuando Rick y Morgan son capturados por los Salvadores escapados de Hilltop; y la forma gratuita en la que escapan de la horda. Ya en la recta final de la temporada, las trampas y contra-trampas entre Negan y Rick -utilizando a Dwight- son casi infantiles. Por no hablar del esperado enfrentamiento definitivo entre los dos grupos, saldado con un clímax disparatado, nunca mejor dicho. Mencionemos en este sentido el repetido recurso al deus ex machina: la aparición de las mujeres de Oceanside con sus cócteles molotov y sobre todo la revelación de la verdadera estrategia de Eugene en el último momento. Por otro lado, el conflicto interior del pacifista Morgan (Lennie James) llega al paroxismo: sufre unas alucinaciones francamente desesperantes. Su dilema se resuelve de un plumazo cuando el personaje llamado ‘Jesús’ (Tom Payne) le aconseja qué lado de su característico palo debe utilizar para los vivos y cuál para los muertos. No hay que olvidar tampoco el misterioso embarazo-eterno-sin-tripa de Maggie (Lauren Cohan). Por último, me llama la atención cómo esta serie, a pesar de sus ínfulas, siempre acaba resolviéndose con dos machos alfa pegándose.

8) ¿Hay razones para seguir?

No todo puede ser malo. Resaltemos buenos momentos aislados: ver al tigre de Ezekiel (Khary Payton) luchando contra Salvadores y muertos vivientes; o el derrumbamiento del castillo de naipes que sostenía su reino. También la sorprendente forma en la que Rick, más despiadado que nunca, mata a sus enemigos, faltando una y otra a vez a su “palabra”. La idea de las cartas de Carl (Chandler Riggs) utilizadas como McGuffin, no está nada mal. Razonablemente interesantes son esos nuevos personajes que quieren vinilos a cambio de víveres; o la fantasmagórica aparición de un helicóptero. Pero ¿es suficiente?

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