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Silicon Valley: idiocracia

Autor: | @JorgeABertran

Cada temporada de Silicon Valley recuerda al mito de Sísifo. Los protagonistas, jóvenes informáticos, empujan una pesada roca cuesta arriba para alcanzar el éxito y cuando lo consiguen, esta vuelve a caer por la colina de un gráfico financiero hacia la bancarrota. La serie creada por Mike Judge -padre de Beavis and Butt-Head– es una de las mejores comedias recientes. Judge crea situaciones de humor nerd, ya que, en el escenario de su ficción, los empollones de La revancha de los novatos (1984) se han quedado sin enemigos naturales. Todos son frikis en Silicon Valley, porque el mundo está en manos de los Steve Jobs, Bill Gates y sus descendientes como Mark Zuckerberg. Judge se ha dado cuenta de que, si quiere hacer una sátira del capitalismo, debe apuntar a estos genios informáticos y olvidarse de los ejecutivos de la bolsa representados en Wall Street (1987) o en El Lobo de Wall Street (2013). Silicon Valley es una de las críticas más rotundas, desde el humor, que se pueden hacer del sistema capitalista, de la cultura del éxito y del sueño americano. En cada episodio sus personajes triunfan y sucumben en un juego en el que las fortunas de hacen y deshacen porque no existen realmente: son acciones, meras cifras en un ordenador.

Judge y su equipo de guionistas han conseguido en 5 temporadas emocionarnos con temas tan estériles como las finanzas, la letra pequeña de un contrato o la gestión empresarial. Judge, que ya nos habló de la trituradora de sueños que es el ambiente laboral en Trabajo basura (1999), aquí apunta más alto, a esos ejecutivos que no tienen ni idea y que hacen y deshacen como pollos sin cabeza. El mejor representante de esto es un gran personaje, Gavin Belson (Matt Ross), trasunto de Steve Jobs, que se cree un dios a pesar de estar lleno de defectos demasiado humanos. Mike Judge propone una visión desencantada de un grupo de personajes, en el que absolutamente todos -protagonistas y antagonistas- tienen fallos vergonzosos. Los informáticos soñadores como Richard Hendricks (Thomas Middleditch), Dinesh –Kumail Nanjiani de La gran enfermedad del amor– y su media naranja, el satanista Gilfoyle (Martin Starr), son los “buenos”, pero tan egoístas y traicioneros como el peor. Salvemos de la quema al caricaturesco, pero puro de corazón, Jared (Zach Woods) y a Monica (Amanda Crew), algo menos malintencionada. El resto del elenco está formado por personajes ciertamente detestables, por mucho que puedan parecernos simpáticos. El fumeta Erlich Bachman -el problemático T.J. Miller ya no está en la serie- y su sidekick Jian-Yang (Jimmy O. Yang) son los descerebrados que se creen con derecho a la fortuna y el lujo, sin talento ni esfuerzo. Mencionemos también al millonario imbécil Russ Hanneman (Chris Diamantopoulos) y al ejecutivo agresivo Jack Barker (Stephen Tobolowsky) y su gráfico con la fórmula de la productividad (que se enseña en las universidades). Toda esta fauna, y alguno más, dibujan una suerte de distopía en la actualidad que no deja títere con cabeza: recordemos que Mike Judge ya nos advirtió a todos que, si seguimos así, acabaremos siendo idiotas en la aterradora Idiocracia (2006). Silicon Valley es una de las mejores comedias televisivas de los últimos años y no tiene rival en su mirada despiadada sobre la gran farsa que es el capitalismo.

En la quinta temporada, las constantes temáticas de la serie se mantienen. Pero se prescinde de la dinámica de colocar constantemente a los personajes al borde del precipicio del fracaso y muy cerca de la cima del éxito, seguramente por creerla agotada. Esto reduce la tensión argumental y es vedad que los capítulos no resultan tan adictivos. A cambio, la serie propone ideas nuevas, explora otros territorios y adopta una estructura de múltiples tramas divergentes al estilo de las clásicas Friends y Seinfeld. Paso a comentar cada capítulo.

En Grow Fast or Die Slow los trabajadores, los curritos, se convierten en peones de la lucha entre Gavin Belson -que vuelve como gran enemigo a batir- y la empresa de Richard Hendricks. Una masa laboral que estas empresas -sumemos a Hooli y Pied Piper, una nueva y absurda startup que vende pizzas- contrata y despide como meras cifras. Pero en un detalle genial, cuando Richard se enfrenta a la realidad física de estos trabajadores, a las caras de estas personas, sufre un ataque de pánico. 7/10

Reorientation gira precisamente en torno a esos empleados que finalmente trabajan en Pied Piper ¿Qué necesitan para motivarse? El guión se ríe de las charlas orientativas, de los discursos motivacionales de los supuestos líderes iluminados, de las fiestas ridículas o los privilegios absurdos -como poder llevar tu perro al curro- y utiliza la torpeza social de Richard para hacerle sufrir varias humillaciones -estrategia habitual en esta serie- y establecer, finalmente, que quizás la gente seguiría a los líderes que dan el ejemplo. Algo completamente utópico en la vida real. 8/10

Chief operating officer reincide en la ausencia de herramientas sociales de los protagonistas de la serie, especialmente de Richard, pero también del empresario medio en Silicon Valley. En la trama, Richard es presentado a un posible amigo, Dana (Dan Mintz), pero en realidad se siente atraído hacia otro, Ben Burkhardt (Ben Koldyke), con el que establece el equivalente laboral a una infidelidad, lo que le coloca en terreno pantanoso con sus compañeros, Jared y Gilfoyle. Además, Dinesh encuentra un compañero de piso, Jeff (Armen Weitzman) que tiene algo que ocultar. Todo esto funciona, sorprendentemente, como una estupenda comedia romántica, entre tíos. Entre tíos nerds. 8/10

Tech Evangelist tiene una premisa brillante: en Silicon Valley ser gay está muy bien visto, pero ser cristiano puede significar ser discriminado. La comparación se complementa con la historia del equipo de Gavin Belson, que se enfrasca en la interpretación de una frase suya, que se toman tan en serio como los apóstoles los evangelios. El guión se permite ser un comentario sobre cómo todo tipo de creencias -absurdas- han reemplazado a las religiones tradicionales en aras del “progreso”. 8/10

Facial recognition acumula ideas afortunadas: que Jared sea mejor orador que Richard -y que haga un mejor trabajo explicando su revolucionaria idea-; la reacción de Gavin Belson al éxito de Pied Piper, que encuentra todo, absolutamente todo, absurdo; el miedo de Gilfoyle a un futuro en plan Skynet. Pero lo mejor y lo más inteligente es cómo se disfraza una historia de machismo y acoso sexual laboral bajo la apariencia de un argumento de ciencia ficción sobre inteligencia artificial, que utiliza el complejo de Frankenstein y recuerda a Ex Machina (2014). Un episodio tan inquietante como gracioso. 9/10

Artificial Emotional Intelligence tiene la curiosa propuesta de establecer un paralelismo entre un personaje recurrente, la ejecutiva Laurie Bream (Suzanne Cryer) cuyo comportamiento es tan profesional que resulta robótico; con una auténtica inteligencia artificial, Fiona (Suzanne Lenz), que por contra resulta más humana. El que Jared se enamore de ella era esperable, pero el desenlace final, no. La aventura de Gavin Belson en China es divertida, pero quizás no funciona darle tanto protagonismo a un personaje que necesita de la mirada de un tipo normal para resultar gracioso en su excentricidad. Más convencional es el enfrentamiento entre Dinesh y Gilfoyle. 7/10

Initial Coin Offering es el episodio más completo de la temporada por hacer sátira de temas de actualidad -en Estados Unidos- como el de las famosas criptomonedas, que aquí se convierten en una suerte de pasaporte a la libertad -la serie Mr. Robot hablaba del tema en un sentido similar-. Además, Gavin Belson protagoniza una subtrama muy relacionada con la administración Trump: la de devolver a suelo estadounidenses esas fábricas que se habían ido a China -cuando escribo estas líneas, Trump presiona a Apple para que haga justo eso-. Una tercera trama, con Dinesh en el papel principal, convierte el ecológico y futurista coche Tesla en un símbolo de estatus capitalista. Completa el episodio un running gag menor, tan divertido como absurdo: el becario Holden (Aaron Sanders) le tiene un miedo cerval al buenazo de Jared. 9/10

La quinta temporada de Silicon Valley se cierra con un capítulo, Fifty-One Percent, que recupera las esencias de la serie volviendo a colocar a los personajes entre el éxito absoluto y la ruina. El clímax busca la tensión, e implica a Gavin Belson, Laurie Bream y sus socios chinos, que intentan eliminar del mercado a Pied Piper. Todo ocurre delante de pantallas, lo que me ha traído a la memoria un film de culto nerd como Juegos de guerra (John Badham, 1983). 8/10

 

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