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Sherlock: decepcionante despedida

Autor: | @JorgeABertran

Sería una pena que una gran serie como Sherlock se despidiese de nuestras pantallas con una temporada que, para mí, ha sido decepcionante. Si realmente esta cuarta entrega se convierte en la última de las aventuras del detective de Baker Street -esperemos que no- estaríamos ante un cierre que no se corresponde con la brillantez de los primeros episodios.

Veamos. The Six Thatchers es sin duda el más flojo de los tres capítulos incluidos en esta temporada. El argumento tiene todos los elementos de un guión típico de Steven Moffat -creador de la serie- esos que tantas alegrías nos han dado aquí y en Doctor Who, que sin embargo esta vez no funcionan, quizás por el agotamiento de una fórmula, quizás porque tras adaptar las historias clásicas de Conan Doyle, las nuevas pierden algo de su sabor original. Uno de los principales problemas de este primer capítulo es que no se ocupa de un gran caso a resolver. No es la primera vez que Moffat utiliza una estructura de muñecas rusas, misterios dentro de misterios, que hacen saltar a sus detectives de una cosa a la otra. Solo que aquí ese frenesí argumental se antoja desorientado. Primero, se paga el peaje del final de la temporada anterior -obviándose en gran medida el especial victoriano de The Abominable Bride– por lo que encontramos a un Sherlock (Benedict Cumberbatch) preocupado por la amenaza del fantasma de su gran enemigo, Moriarty (Andrew Scott). Enseguida decide pasar del tema -literalmente- para abordar un nuevo caso, por lo que entrevista a clientes potenciales que va descartando según le interesen o no. Pronto aparece un misterio interesante, el de un joven fallecido en extrañas circunstancias. Pero Sherlock resuelve esto fácilmente y se interesa más por un hecho colateral, un busto destrozado de Margaret Thatcher. Este hilo lleva, por fin, al verdadero conflicto del episodio. Lo malo es que el descubrimiento de la identidad del responsable de destrozar los bustos de la Thatcher nos obliga a recodar lo ocurrido en un episodio anterior, emitido hace nada menos que un par de años. Complicado. La historia se traslada luego a otros países, en un itinerario de aventura internacional que deja en evidencia un presupuesto limitado. Duele recordar lo bien que se manejó una peripecia similar en el mejor episodio de esta serie, A Scandal in Belgravia. Por último, la resolución del enigma resulta más forzada que sorprendente. El villano en las sombras reincide en uno de los temas preferidos de Moffat, el de la conspiranoia, las cloacas del poder, tema personificado en Mycroft (Mark Gatiss).

Mucho mejor resulta la segunda entrega, The Lying Detective, que se beneficia de la presencia de un villano claro y visible, encarnado por un gran actor, Toby Jones, casi siempre el malo de la película –Capitán América: el primer Vengador (2011)- o un héroe atormentado -la estupenda Berberian Sound Studio (2012)-. Este episodio nos devuelve la dinámica entre Watson y Holmes (Martin Freeman), una de las principales razones por las que vemos la serie. Se ocupa de un caso específico, hay un montón de pistas falsas y giros en una trama que se complica por la recaída en las drogas de Sherlock, lo que hace que la narración sea más subjetiva de lo normal, y sobre todo arrebatada, guiándose más por las intuiciones de Sherlock que por su acostumbrada fría lógica cerebral. En este sentido se puede decir que el episodio es más Moffat que Conan Doyle. El villano, por cierto, es un asesino en serie basado en un personaje real, H.H. Holmes (1861-1896) y su increíble hotel diseñado para matar -inspiración también de American Horror: Hotel-. El episodio se resuelve con varios giros que cambian completamente el sentido de lo que vemos, incluyendo una revelación sobre la familia Holmes que, a estas alturas, me parece forzada.

El peor episodio de todos es, probablemente, el tercero. A pesar de ser un capítulo siempre entretenido y de un buen manejo de la tensión, The Final Problem, resume los problemas -valga la redundancia- de esta última tanda de la serie. En su esencia, Sherlock es la razón contra la pasión. La ilusión de que, con la razón, podríamos poner orden al caos que nos rodea. O lo que es lo mismo, encontrarle sentido a la vida (y a la muerte). La imagen arquetípica de Sherlock Holmes es la de un detective que resuelve crímenes imposibles -como el doctor Gregory House diagnosticaba enfermedades inexplicables-. En la serie de Moffat y Gattis, la actualización del personaje ha llevado a enfrentarle también a situaciones de vida o muerte de las que parece improbable escapar. Es el mecanismo clásico del relato de aventuras, de los seriales cinematográficos o de las películas de James Bond, la esencia pura del cliffhanger. Aquí, el nuevo gran enemigo de Sherlock -no revelo su identidad por ser un espoiler– no es un criminal que intenta esconder sus huellas sino un supervillano de poderes y recursos inverosímiles. Tiene la capacidad de seducción de Kilgrave (David Tenant) en Jessica Jones (2015), la habilidad para manipular de Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) en El silencio de los corderos (1991), el retorcido modus operandi criminal de John Doe (Kevin Spacey) en Seven (1995), el gusto por someter a sus adversarios a pruebas morales de Jigsaw (Tobin Bell) en Saw (2004); y ha creado un laberinto de trampas como el Arcade de los tebeos de Uncanny X-Men (1977).

Sherlock, Watson y Mycroft se enfrentarán a situaciones imposibles hasta llegar a ese “problema final”, pero las soluciones que propone Moffat en su guión son siempre demasiado simples o poco satisfactorias o directamente humo. Así, la estratagema inicial de Sherlock, para que Mycroft confiese un secreto familiar, es especialmente floja; la forma en la que los personajes escapan de una trampa explosiva, es espectacular pero chapucera; y la solución al problema final es un bluff a pesar de su coartada psicológica. La vuelta al hogar familiar y la revelación de un trauma infantil tiene un tono Hitchcockiano, pero resulta complicado justificar las lagunas de memoria de alguien tan listo como el detective. Este viaje a la infancia es comparable al de James Bond (Daniel Craig) en Skyfall (2012). Y ese es el gran problema de este episodio, que en esta aventura podríamos insertar al agente 007, o a cualquier otro héroe de acción, antes que a Sherlock Holmes.

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