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Roma: la mejor del año

Autor: | @JorgeABertran

Poco tenía que demostrar Alfonso Cuarón, como cineasta, tras obras como la temprana Y tu mamá también (2001), la espectacular Gravity (2013) y sobre todo tras Hijos de los hombres (2006). Aun así, creo que con Roma se ha superado. Producida por Netflix, la película es una obra mayúscula, impresionante, exuberante, íntima y personal pero también ambiciosa y épica. En ella, Cuarón evoluciona en su concepción del cine, que tenía el plano secuencia como forma narrativa ideal, para plantear su mejor película haciendo un uso asombroso de la profundidad de campo, que habría hecho aplaudir a André Bazin. Así, las cosas tienen que ocurrir delante de la cámara, en una planificación en la que el montaje de reduce considerablemente. La cámara se mueve sobre todo en movimientos horizontales, paralelos a la acción -que recuerdan al Week-end (1967) de Jean-Luc Godard-. Y delante de su objetivo, Cuarón tiene, nada menos, que recrear México, en impresionantes coreografías de actores y figurantes que se mueven sobre decorados minuciosamente atiborrados de detalles que son pura nostalgia. Vemos, seguramente, el México que Cuarón recuerda, desde la colonia de Roma, a principios de los años setenta.

Rodada sobre todo en planos generales, y sin apoyarse en el montaje, o en los movimientos de la cámara, para acercarse a los personajes, Roma es una película que narra de forma aparentemente objetiva una historia contada desde lo subjetivo. Cuarón llena su film de sensaciones: el rumor de un avión que surca el cielo reflejado en un charco, las gotas que chorrean de la ropa tendida recién lavada, el sonido de la flauta de un afilador que pasa por la calle, el ladrido incesante de un perro, el calor de la familia delante de la tele, el crepitar de una granizada, el rugido del motor de los gigantescos coches de la época, el olor del vinagre aplicado sobre la piel quemada tras una tarde en la playa. Roma es la magdalena mojada en té de Cuarón.

Es también su 8/12 (1963) en versión hiperrealista, aunque con la misma poesía surrealista de Fellini, que aquí se asoma de vez en cuando, en forma de artes marciales u hombres bala surcando el cielo. Cuarón se acuerda de sí mismo, de sus películas -el guiño a Gravity es obvio- saca a relucir sus preocupaciones constantes -la maternidad vuelve a ser el tema central, como en la mayoría de sus obras- se atreve con el retrato de su país, hace ajuste de cuenta con esos padres que nos abandonaron, y un hermoso homenaje a esas mujeres de clase humilde que nos cuidaron.

Roma es probablemente la mejor película que Alfonso Cuarón hará nunca. Un álbum de fotos -en hermoso blanco y negro fotografiado por él mismo- para ahuyentar la nostalgia.

 

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