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Nación salvaje: caza de brujas

Autor: | @JorgeABertran

Casi panfletaria y de espíritu revolucionario, Nación Salvaje es la primera película que siento directamente dirigida a esa nueva generación nacida ya con el selfie, las redes sociales y que parece haber renunciado -¿voluntariamente?- a su intimidad. Y en ese sentido me parece imprescindible. La acción ocurre en el típico small town estadounidense llamado, no por casualidad, Salem. Diferentes personalidades de ese pueblo serán atacadas por un misterioso hacker, supuestamente antisistema, que revela sus secretos más oscuros: mensajes, vídeos, y hasta su historial de webs visitadas. Esto provoca la caída en desgracia de los personajes implicados: primero un político, luego el director de un instituto y así hasta afectar a cualquier hijo de vecino. Esta exposición provoca una reacción de intolerancia, odio y violencia en el pueblo.

Las protagonistas del relato son cuatro chicas que representan la diversidad –Odessa Young, Abra, Suki Waterhouse y Hari Nef– que tienen una combativa ideología feminista, y una clara voluntad de defender las libertades -sobre todo sexual y la de expresión-. El director Sam LevinsonThe Wizard of Lies (2017)- expresa todo esto utilizando el lenguaje visual post millennial del youtuber, pero también valiéndose del videoclip, la publicidad, las pantallas partidas, los ralentizados y los ejes invertidos, todo montado frenéticamente, apoyándose casi siempre en temas musicales que van desde Mozart, Morricone, pasando por Pixies, y hasta Isabella Summers. Levinson se encarga de que el empaque de su película sea un caramelo visual irresistible para enviar su mensaje, una actualización en la era de las redes sociales de los famosos juicios por brujería de Salem. Hay que destacar en la propuesta del director un plano secuencia que recorre la fachada exterior de una casa, mientras vecinos con intenciones homicidas acechan a través de las ventanas a las protagonistas. Una secuencia tensa que además plantea muy bien la clave de la película, el choque entre lo privado y lo público.

En Nación Salvaje los cuarentones somos oscuros personajes conservadores, frustrados, violentos, incapaces de aceptarnos a nosotros mismos, ni de establecer un diálogo con la próxima generación. La excepción es ese director de instituto que interpreta Colman Domingo. Y su papel no es precisamente destacado. Todo esto nos lleva a un clímax que parece una versión teen de La Purga. Una explosión de violencia que, lejos de ser entendida literalmente, creo que representa una fuga artística, estética, de rabia y rebelión contra la hipocresía, la intolerancia y las fake news; contra el odio; contra Trump y sus chillidos para ‘recuperar’ América, pero también contra la cultura divisiva, pueril, narcisista y terrible de las redes sociales, que no son mostradas como perniciosas per se, sino como el reflejo de lo que somos.

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