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¡Madre!: Una casa alucinante

Autor: | @JorgeABertran

No se puede ir a ver una película como ¡Madre! sin tener presente su naturaleza provocadora. Dejo a vuestro juicio si esa capacidad para generar polémica quiere decir que estamos ante un artefacto creado a propósito por Darren Aronofsky para llamar la atención o si somos nosotros, espectadores inmaduros, los que reaccionamos de forma exagerada. Parece necesario tomar partido, a favor o en contra, con respecto a la película de un director al que se le supone talento –El luchador (2008)- culto –Réquiem por un sueño (2000)- y prestigio –Cisne negro (2010)-. Un artista que ha coqueteado con el mainstream -proyectos abortados sobre Batman y Lobezno- pero cuyo último trabajo es la extraña Noé (2014). Pues bien, ¡Madre! resulta inclasificable. Quizás habría que ponerla en la estantería con el Anticristo (2009) de Lars Von Trier. Su planteamiento recuerda a La semilla del diablo (1968) y algunos carteles promocionales apuntaban en esa dirección. La pareja que hacen Jennifer Lawrence y Javier Bardem, desde luego, bien nos puede hacer pensar en Mia Farrow y John Cassevettes. El misterioso matrimonio que se cruza en sus vidas -los Castevet- también podría estar reflejado en Ed Harris y Michelle Pfeiffer. Pero si bien es verdad que hay una tensión y un mal rollo que recuerdan a Roman Polanski, este me parece más bien el de Repulsión (1965) y El quimérico inquilino (1976). Pero si os digo que esto es como si Luis Buñuel hiciese un film del género home invasion -digamos, Funny games (1997)- creo que no miento. En determinados momentos, ¡Madre! es la versión inversa de El ángel exterminador (1972): aquí la pesadilla no es la de los burgueses que no pueden salir, si no la de gente que entra como Pedro por su casa. El punto de vista de estos terrores es el personaje de Jennifer Lawrence, amante entregada y la mujer con el síndrome del nido más grande de la historia del cine. Esa casa que el personaje de Lawrence -sin nombre, Bardem se refiere a ella como “mi diosa”- construye, literalmente desde sus cimientos, no solo es el universo entero de la película, sino, sin duda, un organismo vivo, con corazón, en la metáfora más diáfana de todo el film. Esa casa, en la espiral creciente que es el guión, se acaba convirtiendo en el recipiente de toda la historia de la humanidad, desde sus estadios más primitivos -Lawrence expresa su deseo de construir un paraíso- a las actuales tensiones de la civilización moderna, conflictos civiles, represión, revoluciones sociales, guerras y ese Apocalipsis que en el fondo esperamos todos. En este punto la película adquiere tintes religiosos, bíblicos, parece oponer el matriarcado al patriarcado y cuando la tensión no da más de sí, se reinicia. Todo esto está expuesto con talento por un narrador soberbio como Aronofsky, que coloca su cámara en la cara de los actores, amplifica los sonidos para crisparnos, convierte los suelos de madera de la casa en un escenario teatral y deja que sus estupendos actores se luzcan. Para mí, la mejor, como siempre, es Jennifer Lawrence. Os toca a vosotros buscar el sentido de ¡Madre!, que acumula metáforas -sobre el síndrome de la página en blanco, sobre la creación, sobre la maternidad, sobre el amor- hasta abrumar. Os toca a vosotros decidir si lo que habéis visto tiene valor o no. Pero creo que, en los tiempos que corren, haríamos bien en no tomar partido, en todos los casos.

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