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La sombra de la ley: cine espectáculo

Autor: | @JorgeABertran

La sombra de la ley recuerda, para bien, aquellos espaghetti western que en los años sesenta se apropiaban de los códigos de un género clásico del cine americano para contar una historia entretenida, sí, pero con trasfondo político. Pensemos en Yo soy la revolución (1967). Esta ambiciosa superproducción dirigida por Dani de la Torre utiliza las formas del cine de gángsters -creo que mira sobre todo hacia Los Intocables de Elliot Ness (1987) y muy especialmente a Érase una vez en América (1984) de Sergio Leone– para contar una historia con mucha acción, insertada en un contexto político, la Barcelona de los años 20, convulsa por los movimientos anarquistas, obreros y feministas, enfrentados a la corrupción, a la represión policial y militar, y a la sombra del fascismo que estaba por llegar. Un contexto histórico que aspira a encontrar un eco en los hechos políticos que vivimos hoy. Buenas intenciones apoyadas en unos valores de producción altísimos.

La recreación de aquellos años en la Ciudad Condal busca impresionar al espectador y, desde luego, lo consigue: el despliegue de exteriores, decorados, coches de época, vestuario y atrezzo, no debe tener demasiados precedentes en el cine español. El diseño de producción es soberbio. Igualmente, la dirección de Dani de la Torre solo se puede calificar de pirotécnica: su cámara, literalmente, vuela sobre los escenarios y personajes, gira alrededor de ellos, y prácticamente no se detiene. Hay varios planos secuencia, posiblemente trucados digitalmente, pero no por ello menos impactantes: el asombroso momento en el que entramos por primera vez en el club El Edén; o la pelea multitudinaria entre trabajadores y hampones revienta huelgas. Además, el film contiene vibrantes peleas a puñetazos -coreografiadas al estilo de Hollywood-, tiroteos y persecuciones en coche, además de contundentes explosiones. En este inmenso tapiz, entre el fresco histórico y un film de acción, la verdad, es que los personajes corren el peligro de perderse. Por suerte están muy bien interpretados. Luis Tosar es un misterioso policía, Aníbal Uriarte, le llaman ‘el vasco’, sin duda en el molde del ‘hombre sin nombre’ de Sergio Leone. Ernesto Alterio, ‘el tísico’, es un secundario de lujo, que roba más de una escena. Michelle Jenner defiende bien a su personaje, una feminista y anarquista que representa los ideales más románticos de justicia social. Mencionemos también a Paco Tous, como un líder obrero pacifista, el policía corrupto de Vicente Romero y la belleza frágil de Adriana Torrebejano. Pero sobre todo hay que alabar a Manolo Solo, ‘el Barón’, que es más que un villano, y para mí el mejor personaje de la película, el que consigue cohesionar todas las tramas y elementos de un film enorme. Solo podemos achacarle a la película el acartonamiento de sus personajes en algunos momentos, o unas líneas de diálogo incrustadas un poco a la fuerza, cuando las imágenes, poderosas, fabricadas por el director, se imponen.

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