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La forma del agua – La mujer y el monstruo

Autor: | @JorgeABertran

La forma del agua es la suma del cine de Guillermo del Toro y la mayor expresión de su pasión por el séptimo arte. El mexicano ha creado un maravilloso homenaje a las películas con la tierna historia de Elisa, una limpiadora muda cuya vida cambia al descubrir a una extraña criatura anfibia. Del Toro sitúa el pequeño apartamento de Elisa sobre una vieja sala de cine, que se ha quedado sin espectadores y que es el escenario de uno de los momentos más hermosos del film. Además, el vecino y amigo de la protagonista, Giles, mira constantemente viejos films en su televisor. Films cuyas bandas sonoras se acaban mezclando con los diálogos de unos personajes tan humanos como solitarios.

Pero el mayor homenaje al cine que hace el mexicano es su monstruo, sacado directamente de Creature from the Black Lagoon (1954) obra maestra de la mejor serie B, dirigida por el maestro Jack Arnold, una soberbia aventura en la primitiva selva amazónica que no es más que una versión acuática de King Kong (1933) y por tanto, una actualización de La Bella y la Bestia. Todo eso está en La forma del agua, que, como toda la obra de Guillermo del Toro, es una reivindicación de los diferentes, al Otro. La figura del monstruo ha sido siempre, para el director de La cumbre escarlata (2015), una metáfora, equivalente aquí a las minorías, al homosexual, al afroamericano, al discapacitado, al comunista. La historia, de tono crepuscular, se sitúa en los Estados Unidos de los años 60, los de la carrera espacial -sí- pero también los de la caza de brujas. Un ambiente intolerante muy parecido al triste presente de Donald Trump. Siempre asociamos al mexicano con el cine de terror, pero sus criaturas fantásticas son seres incomprendidos, que causan pena antes que pavor. El verdadero monstruo es, por tanto, el hombre blanco, anglosajón, machista y racista que trabaja para el Gobierno, cuya podredumbre Del Toro hace explícita, cuya fe en el futuro, en el destino manifiesto, se materializa en una magnífica imagen-idea: un lujoso Cadillac de formas aerodinámicas, pero abollado.

Mezclando todos estos temas, Guillermo del Toro firma su obra más hermosa y redonda, candidata a la mejor película en los Oscar. Sería una justa ganadora. Opta también al premio al mejor director, y es que el trabajo tras la cámara del mexicano es quizás el mejor de su carrera, que no es poco. El guión, escrito junto a Vanessa Taylor, está perfectamente equilibrado, aunque hay que entender que lo que vemos es un cuento de hadas que no pretende ser realista. De hecho, los momentos más bellos de La forma del agua son, precisamente, los que se abandonan a una fantasía arrebatada. Sin embargo, Del Toro sitúa su historia en un contexto social y político real. Añade, además, sorprendentes momentos sexuales: y perdonen ustedes el espoiler, pero es que en pocos meses he visto escenas de sexo con anfibios en dos films, este y La piel fría (2017). La verosimilitud de la historia se apoya por tanto en actores soberbios, también nominados por la Academia de Hollywood. Sally Hawkins tiene el encanto de una princesa Disney y la gracia de una estrella del cine mudo. Richard Jenkins es pura humanidad y Octavia Spencer conecta la fantasía con la realidad, desde su personaje sacado directamente de su papel en Figuras ocultas (2016). No están nominados -pero podrían estarlo- un Michael Shannon que es el auténtico monstruo de la función y un Doug Jones que ya fue un hombre pez –Abe Sapien– en Hellboy (2004). La forma del agua está nominada también por su diseño de producción y su vestuario, absolutamente espectaculares, un verdadero goce estético; por su fotografía, perfecta para su tono onírico; por la bonita música de Alexandre Desplat -que recuerda al mejor Danny Elfman-; y también en las categorías de edición, sonido y edición de sonido. Son 13 nominaciones, todas justísimas, y aún así me parece increíble que no haya sido reconocida la labor de los maquilladores: la criatura es una obra de arte.

Guillermo del Toro ha conseguido labrarse una carrera, siempre dentro el género fantástico, que mezcla el encargo –Blade 2 (2002)- con lo personal –El espinazo del Diablo (2001)-. Creo que La forma del agua borra esa frontera y resume todo el cine del autor nacido en Guadalajara. Aquí están la obsesión por el tiempo de Cronos (1993), así como un villano marcado por una manía -la nariz de aquel Ron Perlman, los caramelos de este Michael Shannon-; los ritmos que creaba el niño de Mimic (1997) con unas cucharas, se reflejan en el claqué de Shirley Temple que repite Elisa; y la criatura anfibia de Hellboy ya era un homenaje (de Mike Mignola) a la del clásico de la Universal. Por último, una vez más, el verdadero terror no proviene de lo monstruoso, sino de lo humano: como la Guerra Civil española o el fascismo de El laberinto del Fauno (2006), como aquí el odio que engendra la ‘supremacía blanca’.

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