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La casa de Jack: el asesinato considerado como una de las bellas artes

Autor: | @JorgeABertran

Parece una contradicción tener que decir que La casa de Jack me ha parecido una película fantástica, que no puedo recomendar. El nuevo film del director de Dogville (2003) es una mezcla de cine de género, de terror y gore, con una propuesta de autor, de cine-ensayo. Para las dos cosas tiene Von Trier un talento innegable. La sola premisa debería ponernos sobre aviso, el incómodo director de Anticristo (2009) nos presenta a un asesino en serie. Nunca se ve una película del danés con agrado, no se puede uno relajar ante sus films, pero aquí, además, hay que añadir la violencia extrema que ejerce el psicópata que interpreta con sorna, pero también con frialdad, un estupendo Matt Dillon.

Von Trier comienza juguetón, con mucho humor: el juego continuo con el nombre de Jack; el uso de imágenes de archivo, como la del pianista Glenn Gould; la referencia al famoso videoclip de Bob Dylan, Subterranean Homesick Blues; pero poco a poco va a construyendo una atmósfera malsana que hace que la risa inicial se atragante. El director vuelve a ser episódico, la estructura narrativa recuerda a la de Anticristo, y en cada pasaje se comporta como un auténtico sádico: nos avisa de que va a ocurrir algo terrible y nos hace esperar por ello hasta que la tensión se hace insoportable. Hay un plano durísimo durante esta cinta, del que necesariamente hay que apartar la vista ¿Cuántas películas habéis visto en las que algunos espectadores abandonan la sala?

Lars Von Trier es un provocador, muy ofensivo en los tiempos de corrección política que vivimos: su asesino mata mujeres -insoportables o muy tontas- pero también niños y representantes de diferentes razas. Provocaciones que se pueden leer como un repaso de su carrera ante la prensa, de las polémicas que ha protagonizado el director -sobre todo en Cannes- acusado de crueldad, de misoginia, de alabar el nazismo. Si equiparamos a Jack con Lars Von Trier, estamos ante una defensa de su carrera artística, pero también ante una aceptación de sus limitaciones como autor, como artista. Jack quería construir una casa, pero acaba perpetrando una carnicería. Y al final, el personaje -y el director- dan un salto al vacío con todo el riesgo que ello conlleva.

La película es una reflexión sobre el arte y sus límites morales y éticos ¿Refleja una obra los fantasmas de su autor? ¿Y los del espectador? Todo esto lo plasma Von Trier a través de una conversación entre el personaje de Matt Dillon y Verge, un Bruno Ganz que hace de Virgilio porque La casa de Jack es un descenso a los infiernos, en más de un sentido. Si os atrevéis, creo que vale la pena. Pero estáis avisados.

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