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Jessica Jones: súper feminismo

Autor: | @JorgeABertran

Lo que diferencia a los superhéroes de Marvel Comics –Spiderman y Los Vengadores– de los de DC Comics –Superman y Batman– es exactamente lo que distingue a Jessica Jones de Wonder Woman. La detective es superfuerte, resistente a los golpes -y al alcohol- y puede dar unos saltos impresionantes, pero no representa los ideales, la inocencia, la pureza de la amazona a la que tan bien ha dado vida Gal Gadot. Jessica Jones (Kristen Ritter) no es una semidiosa nacida en una isla mítica, sino una mujer actual, con defectos y un montón de inseguridades. No lleva un colorido disfraz, sino unos vaqueros rotos, una sudadera y una chupa de cuero. La segunda temporada de la serie de la show runner Melissa Rosenberg es una prolongación directa de la primera -aunque ahora Jessica sea una celibrity a su pesar, tras su participación en The Defenders-. Una vez más, la detective de Alias -nombre de la serie de cómics original- debe investigar un caso complicado: el suyo propio. Como todo héroe Marvel, una serie de traumas y complejos -de culpa- de su pasado, persiguen a la protagonista. ¿Cuál es su verdadero origen? ¿De dónde provienen los superpoderes que para Jessica son una maldición? Este es el McGuffin que sirve de motor para una trama que incluye, de nuevo, a un misterioso villano cuya identidad se irá desvelando poco a poco. En la mayoría de las series de Marvel Studios para Netflix, el pasado del héroe marca la historia y se hace presente a través de flashbacks que, como un puzle, se va completando poco a poco. Por otro lado, Jessica Jones es como cualquier otra serie policíaca, en la que sus protagonistas investigan crímenes, siguen pistas falsas, y la trama se contorsiona con giros inesperados y callejones sin salida. A esto hay que añadir, claro, peleas de superhéroes de fuerza imposible, inscritas, eso sí, en un entorno realista y urbano. Nada de extraterrestres. El abanderado Capitán América solo aparece como el muñeco preferido del hijo del casero de Jessica.

A pesar de este cruce de géneros, lo que diferencia realmente a Jessica Jones de otras series es su feminismo, que emana de sus protagonistas, mujeres: la propia Jessica y la estupenda Trish Walker (Rachael Taylor) -quien, por cierto, en los cómics es nada menos que Gata Infernal-. Hay que destacar la relación entre estas hermanastras como uno de los puntos fuertes de esta ficción. No son las únicas mujeres de la historia, mencionemos también a la abogada sin escrúpulos -y lesbiana- Jeri Hogarth –Carrie-Anne Moss ya fue Trinity en Matrix (1999)- un personaje cuya antipatía revela los esfuerzos que debe haber hecho -y en lo que se ha tenido que convertir- para llegar a ser la letrada más exitosa y temida de Nueva York. Jessica Jones propone en cada episodio obstáculos a los que se enfrentan las mujeres: el piropo asqueroso de un perdedor en la barra de un bar; el novio sobreprotector que da más miedo que otra cosa; el colega profesional que ofrece su ayuda de forma paternalista; el director de cine que abusa sexualmente de sus actrices, por jóvenes que sean – ¿Harvey Weinstein? – un acosador en el autobús o el que Jessica obligue por la fuerza a un capullo a redefinir la palabra “perra”. Las protagonistas deben demostrar constantemente que son capaces de valerse por sí mismas y de defenderse solitas. Pero hay más. La violencia que ejerce Jessica Jones -contra un detective rival, por ejemplo- es bastante inusual: en la ficción estamos acostumbrados a ver a hombres ejerciendo dicha violencia -muchos más si, como en este caso, esa violencia es negativa-. La abogada Hogarth es cruel, dominante, egoísta y mujeriega, características que, habitualmente, relacionamos con un hombre. En el mismo sentido, Jessica o Trish ejercen su sexualidad cuando les da la gana y con quien les da la gana -si el hombre consiente, claro-. Trish es completamente inmune al romanticismo – ¿machista? – y desea tener una pareja en igualdad de condiciones -a pesar de la pérfida influencia de su madre (¡Rebeca de Mornay!)-. De hecho, en un momento revelador, la ex estrella infantil se da cuenta de que no ama a su novio, sino que quiere ser él: un periodista respetado y exitoso. En Jessica Jones, las protagonistas son mujeres y los hombres, de hecho, se quejan de ser tratados con desdén: véanse las constantes quejas de Malcolm (Eka Darville), un sidekick que reivindica constantemente una mayor confianza y algo así como una equiparación salarial. Resumiendo, la serie habla de mujeres y de conflictos entre ellas, que son los más importantes. Otro dato importante: los 13 episodios de Jessica Jones han sido dirigidos por mujeres.

Jessica, además de mujer, en la más pura tradición Marvel, tiene superpoderes que lejos de ser un don, la convierten en una marginada, equiparable a las minorías raciales en Estados Unidos, pero también a los inmigrantes o los homosexuales. Incluso su casero (J.R. Ramirez), latino, con antecedentes, quiere echarla de casa porque es “peligrosa”. Las injusticias sociales están muy presentes en la serie -el bufete que intenta despedir a Hogarth tras revelarse una cuestión médica- la situación de los adictos a las drogas, de los sin techo, o de los inmigrantes ilegales son otros temas que aparecen durante la historia y no por casualidad. Los principales personajes de la serie son ‘juguetes rotos’ enfrentados a las exigencias de la cultura del éxito y del sueño americano.

La segunda temporada de Jessica Jones está a la altura de la primera, cierra definitivamente las interrogantes sobre el origen del personaje y sus traumas del pasado; y sobre todo salva el escollo de la pérdida del carisma del villano Kilraven (David Tennant). Convierte al antagonista de la heroína en un personaje mucho más interesante que el típico supervillano, con una implicación emocional profunda con Jessica, lo que permite matizar un conflicto que escapa del simple enfrentamiento entre buenos y malos. Yo estaré ahí para la tercera temporada.

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