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Ha nacido una estrella: todas las canciones son de amor

Autor: | @JorgeABertran

Dice el personaje de Sam Elliott en un momento de Ha nacido una estrella que todas las historias son la misma. En el contexto del film, se refiere a las canciones, pero es inevitable recordar que estamos, después de todo, ante el segundo remake de una película de 1937. En su ópera prima, Bradley Cooper, actor más que interesante, propone una relectura de una historia que habla del éxito y la fama enfrentando a dos personajes en trayectorias opuestas. Ella es una cantante de mucho talento que comienza una carrera prometedora, él es una estrella venida a menos, a punto de verse acabado por sus adicciones. La fuerza de este relato es el encuentro entre estos personajes, Jack -el propio Cooper- y Ally –Lady Gaga– y sobre todo que a la ecuación hay que añadir el factor ‘x’ del amor. Y esa es la prioridad en la película de Cooper, el romanticismo como motor de la acción.

El film funciona sobre todo en sus primeros compases, cuando nos muestra quiénes son los protagonistas, cómo se encuentran casi por accidente, y el entorno familiar de cada uno. El ascenso a la fama es emocionante y está bien narrado. Como director, Cooper no propone apenas nada visualmente, prefiere una planificación funcional en la que se da prioridad a las interpretaciones. Quizás su idea más afortunada es hacer que las luces del garaje donde su personaje vive un momento crucial, parezcan los focos de los escenarios donde ha llegado a lo más alto. Donde creo que la película naufraga es al ponerle obstáculos al amor entre Jack y Ally. Su retrato del lado oscuro del show business es superficial -encarnado en el representante Rez Gavron (Rafi Gavron)-; y lo que debería ser el descenso a los infiernos del personaje de Cooper es apenas un tropiezo. El director prefiere que su estrella de rock sea una víctima de su pasado, y el abuso del alcohol no saca realmente lo peor de él. Tampoco ayuda que Lady Gaga parezca sobreprotegida como actriz. No hay escenas que le exijan demasiado, a pesar de que su insegura Ally nos gana el corazón -así como sus reiteradas alusiones a su gran nariz, recordemos que esto lo hizo antes la Streisand-. No se exploran, tampoco, las relaciones de pareja, teniendo en cuenta que la de aquí se enfrenta a las tensiones de ser artistas, famosos -y uno de ellos, alcohólico-. Quizás me ha faltado ver a Bradley Cooper y a Lady Gaga tirándose los trastos a la cabeza.

Ha nacido una estrella prefiere ser una gran historia de amor y no ensuciarse. Y en ese sentido funciona de maravilla. Lady Gaga brilla haciendo lo que mejor hace: cantar. Ella firma la mayoría de los temas que escuchamos –Bradley Cooper se acredita la letra de dos o tres composiciones- pero, en mi opinión, el personaje artístico que interpreta ella en la película se parece, demasiado, al real. En los mejores instantes del film, las canciones sirven para hacer avanzar la historia: fantástico el momento en el que Ally se sube por primera vez al escenario. Funcionan bien los secundarios, el padre de ella, un humano y entrañable Andrew Dice Clay, también Dave Chapelle y sobre todo el mencionado Sam Elliott: cada una de sus escenas con Bradley Cooper es intensa, humana y hermosa. Una pena que el resto de la película no esté a esa altura.

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