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Custodia compartida: historia de terror

Autor: | @JorgeABertran

Si debe haber una diferencia entre el cine independiente y el de los grandes estudios es su voluntad de riesgo. La francesa Custodia compartida es una película tan incómoda como digna de aplauso por su compromiso con la realidad. El argumento se centra en un espinoso tema que lamentablemente conocemos de sobra: el machismo y la violencia doméstica. El asunto es difícil de abordar por varias razones: estamos expuestos a tragedias reales casi diarias -sobre todo en España- y el tema ha sido objeto ya de varias películas y series. Sería fácil para cualquier ficción caer en el oportunismo, el lugar común, o lo más peligroso, edulcorar el problema -al estilo Hollywood-. En su sorprendente ópera prima, el actor Xavier Legrand sortea estos escollos haciendo un contundente ejercicio de verdad, siendo riguroso en la puesta en escena -seca y funcional- y evitando hacer cualquier concesión para que su película sea más digerible. Estamos ante una obra que lo que pretende es remover la conciencia y por ello busca que salgamos de la sala de cine con muy mal cuerpo. Eso es necesario ante un tema así. Y vaya si lo consigue.

El guión hace un análisis concienzudo de cómo funciona la psicología del machista obsesionado con su expareja, pero más importante es cómo se presentan los mecanismos jurídicos que buscan proteger a mujeres y niños. Mecanismos que, como vemos cada día en las noticias, fallan trágicamente. Legrand no se permite el melodrama y creo que esto lo consigue variando el punto de vista: predomina el de los hijos -fantástico Thomas Gioria– antes que el de la madre/mujer -estupenda Léa Drucker– que suele ser la protagonista -lógicamente- en la ficción sobre la violencia machista. Haciendo esto, Legrand nos descoloca como espectadores y nos somete a la presencia casi continua del maltratador, un inmenso Denis Ménochet, actor al que no le importa interpretar un personaje irredimible.

Custodia compartida provoca un miedo muy diferente al de una película de terror: no estamos ante el poder de evasión de la fantasía, sino ante el espejo de una realidad que provoca un tremendo desasoiego. El manejo de la tensión durante el metraje es ejemplar, haciéndola crecer paulatinamente hasta un clímax que resulta casi insoportable. Antes, Legran ha sorteado los clichés haciéndonos dudar de lo que vemos y dosificando la información para mantener el interés: somos nosotros los que vamos descubriendo la historia poco a poco. Y cada descubrimiento nos aterroriza más. Solo al final vemos el dibujo completo de los personajes y de su problemática, y esa es la mejor metáfora posible de esta lacra social, porque siempre es demasiado tarde cuando una mujer y sus hijos han sido asesinados. En una jugada que me parece magistral, Legrand cambia el punto de vista una última vez al final de su película, al de una vecina anónima pero clave. Esa vecina somos nosotros. Es nuestra responsabilidad hacer algo.

 

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