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Castle Rock: universo King

Autor: | @JorgeABertran

Nada menos que Stephen King y J.J. Abrams se unen en una serie, Castle Rock, que parte de una idea ambiciosa y sumamente atractiva. En lugar de adaptar una novela concreta de King -como sabéis, sus libros han sido llevados al cine y a la televisión en incontables ocasiones- aquí se crea una historia nueva, valiéndose de escenarios -la localidad ficticia de Castle Rock aparece en diversas novelas y relatos- personajes y situaciones, inspirados en la obra del autor de La zona muerta (1979). No soy un gran conocedor de la inabarcable bibliografía del escritor de Maine, por lo que no puedo apreciar las referencias y los guiños -más allá de la presencia de Sissy Spacek, la que fuera Carrie White en la película de Brian de Palma– que seguramente sí sabrán valorar sus seguidores. Pero si dejamos que esta ficción televisiva se defienda por sí sola, más allá del fan service, mi opinión es que estamos ante una serie que prometía más. Si Perdidos era una serie interesante mientras sus misterios se mantenían activos, y decepcionaba cuando intentaba resolver las innecesarias dudas de sus insistentes fans, Castle Rock me parece confusa, mal construida y anodina hasta que arroja luz sobre sus enigmas. Solo entonces he encontrado muy estimulante esta ficción. De Castle Rock, disponible en Movistar Plus, me interesa el uso de las constantes temáticas, y de un tono determinado, característicos de Stephen King. Empezando por la idea de un pueblo cuya historia y habitantes vamos conociendo poco a poco -y que es asimilable a cualquier small town estadounidense- y la presencia de un mal primordial, mítico, lovecraftiano, que acecha y modifica la vida de todos los vecinos -resaltemos la escena que describe los varios hechos sangrientos, sobre todo suicidios, ocurridos en la población-. En este escenario se mueven personajes que creo que son lo más endeble de la propuesta. Si en sus novelas King suele bucear en la psicología de sus ‘héroes’, retratados de forma cercana y cotidiana, aquí, los protagonistas no tienen entidad, sobre todo al principio de la historia, lo que dificulta que conectemos con ellos.

Protagoniza el abogado Henry Deaver (André Holland), que ha sufrido un extraño incidente en su infancia y que regresa al pueblo siendo adulto. Lo que le pasó a Henry, de pequeño, es el primer ‘susto’ de la serie: un niño aparece, de la nada, en mitad de un blanco lago congelado. Esta potente imagen es uno de los misterios principales a resolver: lo malo es que esas incógnitas, que rodean al propio Henry, nos impiden conocerle y conectar con él como personaje. El otro enigma es el de un misterioso recluso -de la cárcel de Shawshank, la misma de Cadena Perpetua (1994)- interpretado por un perturbardor Bill Skarsgard -nada menos que el payaso Pennywise de It (2017)-. La idea alrededor este ‘chico’ es muy interesante, pero su desarrollo se escapa a lo racional: pueden llegar a resultar frustrantes las reacciones de los que le rodean, empezando por los funcionarios de prisión que no investigan su pasado. Hay que afearle al guión que ‘pase por encima’ de un hecho así. Un tercer personaje importante es Molly Strand (Melanie Lynskey), que también encierra sus secretos, y que tiene una fijación desde la infancia con Henry. No se descubren sus verdaderas características hasta el tercer episodio –Local color– momento en el que comienza a ser interesante. Molly protagoniza uno de los misterios antes mencionados, y la vemos realizando una acción que debería situarnos, como espectadores, en contra de ella. Aunque no entendemos por qué.

Esto nos lleva a hablar de dos de las características principales de Castle Rock: lo que no sabemos es el motor de la trama, una forma de contar por la que es conocido J.J. AbramsPerdidos, Fringe, Súper 8 (2011)-. Sin embargo, como ya he dicho, lo que no sabemos, antes que engancharnos, nos aleja de los personajes e incluso de la historia. Sobre todo cuando sentimos que no nos acercamos a la resolución de los enigmas principales. El problema que tengo con Castle Rock es que sus misterios parecen una excusa para prescindir de una verdadera construcción dramática. Los personajes de la serie parecen distantes porque no les conocemos realmente, ya que la clave para entender a cada uno es precisamente el misterio que sostiene la trama. Creo que la serie depende demasiado de estas incógnitas y confía exageradamente en mantenernos delante del televisor hasta su resolución. El otro elemento que llama la atención de la serie es la sombra que oscurece a los personajes con los que deberíamos identificarnos. Ya he hablado de Molly, pero, además, sobre el propio Henry recae la duda de si es responsable de la muerte de su padre, y su misión, además, es defender como abogado a un siniestro sujeto que, sospechamos, podría ser el mal encarnado.

La trama de Castle Rock no avanza por las acciones de sus personajes, pero tampoco tiene prisa en progresar para resolver sus enigmas. En lugar de esto, los hechos se suceden de forma aleatoria, desconectada: por ejemplo, el deambular del ‘chico’, que escapa a las leyes de la lógica, apareciendo de repente en cualquier lugar. El personaje parece, al principio, tener una intención metafórica, como cuando se acerca a una fiesta de cumpleaños y provoca, con su sola presencia, que los miembros de esa familia se conviertan en seres malignos. Una idea afortunada que, sin embargo, aparece aislada. Destaquemos también que la serie parece más interesada en los guiños gratuitos a la obra de King, como cuando el personaje de Diane ‘Jackie’ Torrance (Jane Levy) manifiesta ser la sobrina del protagonista de El resplandor.

Paso a comentar ahora la serie, más detalladamente, con algunos spoilers. Tras el planteamiento, me parece que la primera temporada de Castle Rock no sabe muy bien qué contar en sus primeros tres capítulos. El cuarto episodio mejora: The Box agrupa en el concepto de una ‘caja’ diferentes tramas: la caseta en la que estuvo encerrado Henry, pero también la jaula del misterioso recluso, o la sensación de encierro que tiene el vigilante de la prisión, Dennis (Noel Fisher). Esa ‘caja’ es, además, el ataúd del padre de Henry. En el sexto episodio, Filter, la serie ha perdido interés. Quizás por eso aparecen nuevos personajes y nuevos misterios, derivados de los ya planteados. Apunto un par de ideas que me parecen afortunadas: Ruth Deaver (Sissy Spacek) describe su enfermedad, demencia senil o alzheimer, como si tuviera la capacidad -o la maldición- de percibir el tiempo de una forma no lineal. Como si pudiera ver el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo. Como una testigo accidental del eterno retorno de Nietzsche. También apunta una idea muy bonita, la de ir dejando piezas de su ajedrez vikingo -la mitología nórdica también plantea un tiempo cíclico- para saber en qué momento cronológico vive. Destaco también otro momento afortunado: Henry recorre el bosque mirando, en una vieja vídeocámara, la grabación que hizo su padre cuando él era niño en el mismo lugar.

Volviendo sobre Filter, aparecen dos personajes, Willie (Rory Culkin) y el mudo Odín -otra referencia a la mitología nórdica- Branch (CJ Jones). Ambos son muy interesantes, pero también poco aprovechados. El segundo se comunica por gestos, traducidos por el primero, lo que crea un efecto extraño, digamos que ‘lyncheano’. Ambos introducen la idea de la voz de Dios, una especie de vibración del Universo, el schisma, que solo puede escucharse con el ‘filtro’. Estas ideas de sci-fi parecen sacadas de Perdidos y molan. Son lo primero que me mola de Castle Rock, aunque se desvían un poco de las ideas místicas, religiosas alrededor del ‘chico’, planteadas de inicio. Pero es verdad que esa mezcla de ciencia y religión estaba también en Perdidos y, por supuesto, en la obra de Stephen King (y en Lovecraft).

La estupenda idea de jugar con la psique fragmentada de Ruth se expande en el episodio The Queen, probablemente el más interesante de todos, aunque a estas alturas, jugar con las líneas temporales, paradojas y saltos cronológicos, está más que visto en películas y series recientes. Pero nunca nos cansamos. Aquí, la mirada de Ruth se posa, cada vez, en una pieza de ajedrez diferente, que funcionan como la ‘constante’ -título del quinto episodio de la cuarta temporada de Perdidos– y que da paso, por la vía de un simple corte en el montaje, a un salto en el tiempo: lo mismo que hizo Kubrick en la escena final de 2001: odisea del espacio (1968). El tierno desenlace, que utiliza el tema On the nature of light -se escucha también en La llegada (2016)- de Max Richter -compositor de la música de The Leftovers– es magnífico. Es el mejor episodio de la temporada.

Lo malo es que, tras esto siguen un par de capítulos que, de nuevo parecen perder el rumbo. La trama principal, protagonizada por Henry, es un caos. Funcionan mucho mejor las historias paralelas que se plantean desde cero, como en Past Perfect, dirigido por Ana Lily AmirpourUna chica vuelve a casa sola de noche (2014)-, que cuenta la divertida historia de Gordon (Mark Harelik) y Lillith (Lauren Bowles) una pareja que intenta superar una infidelidad -de ella- y que decide comenzar en Castle Rock un negocio turístico enfocado en los asesinatos ocurridos en el pueblo. Esta pequeña historia dentro de la serie está muy bien, pero parece mal encajada dentro de la trama general, con soluciones forzadas.

Llegamos así al noveno episodio, realmente afortunado, titulado Henry Deaver, que me parece francamente fantástico. Hablar de su argumento es imposible, para no destripar completamente la serie, pero sí puedo reiterar lo dicho al principio de este texto: Castle Rock es interesante cuando arroja luz sobre sus misterios -aunque no los explique del todo-. Lo malo es que, hasta llegar aquí, tengo la sensación de haber transitado por muchos callejones sin salida, además, desconectados entre sí. El décimo capítulo es necesariamente interesante, porque resuelve la trama. Pero el desenlace es anticlimático y, aún más, se apoya en una decisión moral del protagonista que, en mi opinión, no obedece a un desarrollo dramático satisfactorio del personaje.

 

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