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Carmen y Lola: el cine necesario

Autor: | @JorgeABertran

El amor imposible es uno de los temas más recurrentes en la ficción. Pero algo estaremos haciendo bien cuando este tema es cada vez más difícil de situar en nuestra sociedad -occidental- actual. Hoy en día, el que no está con la persona amada es un cobarde, o no es correspondido. Ahora mismo no hay demasiadas barreras que impidan a dos personas que se quieren, estar juntas: ni morales, ni de raza, ni de clase, ni religiosas. Superado todo esto, el cine se ha visto obligado a situar sus amores imposibles en colectivos que todavía luchan por sus derechos -como el homosexual- y aun así, en escenarios como un tiempo pasado –Call me by your name (2017)- o en comunidades cerradas y lastradas por el fundamentalismo religioso –Disobedience (2017)-. Es también el caso de Carmen y Lola, engañoso debut, porque Arantxa Echevarría tiene una amplia experiencia audiovisual en televisión, publicidad y en el cortometraje. Y eso se nota, sobre todo, en el brillante manejo de actores no profesionales y en la mirada, madura, sobre el conflicto de sus protagonistas, dos adolescentes de etnia gitana, que se enamoran en un entorno cerrado e intolerante que nunca verá su amor con buenos ojos.

Basada en una historia real, Echevarría dibuja a una comunidad gitana sin caer en dañinos estereotipos. No veréis aquí robos ni asuntos de drogas, sino trabajo duro, discriminación, racismo y una ausencia de oportunidades que niega cualquier aspiración de futuro. Pero la mirada de Echevarría es también crítica: con el machismo de los gitanos, con la homofobia del extremismo religioso evangélico, con rituales primitivos de matrimonios concertados. La clave de la película está en su capacidad de plasmar esta sociedad con realismo, tarea complicada de la que la directora sale airosa a pesar de la dificultad de tener que recrear los ambientes. Se nota cómo la cámara se aferra a los pequeños detalles en breves insertos que buscan enriquecer la sensación de realidad. Pero lo que realmente funciona es el elenco de actores no profesionales, que son verdad pura y los que sostienen el conjunto. Especialmente bien están las protagonistas, Zaira Morales y Rosy Rodríguez, que consiguen que nos creamos y que nos importe su historia de amor.

Al retrato realista, la directora y guionista agrega un reproche: el miedo. El que tiene Carmen a enamorarse de una chica, pero también el de la comunidad gitana a salir de su ambiente, a formarse para mejorar su situación, a cambiar sus tradiciones, a enfrentarse al racismo de los ‘payos’. A esta idea se opone una esperanza, la de la libertad -no exenta de sacrificios- muy presente en las imágenes, como la de ese avión que despega y que le da miedo a Carmen; o sobre todo en esos pájaros que pinta Lola, cuyos sueños, por cierto, guarda celosamente en una caja.

Carmen y Lola es el cine -español- que hace falta, el que, personalmente, quiero ver -también- en las salas de cine.

 

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