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Barry: matar o no matar, esa es la cuestión

Autor: | @JorgeABertran

Un asesino a sueldo que descubre su vocación como actor en Los Angeles. La premisa de Barry, serie disponible en HBO, es simplemente irresistible. El cómico Bill Hader -lo conoceréis de Saturday Night Live o de Y de repente tú– lo hace prácticamente todo: es el creador de la serie -junto a Alec Berg de Silicon Valley– escribe guiones, dirige varios episodios y protagoniza. Y lo hace muy bien. Su gran acierto es mantener la historia sencilla. Hader confía en ese punto entrañable que tiene como actor, para que su personaje, una sorprendente máquina de matar, pueda ser al mismo tiempo inseguro, depresivo y solitario. El argumento se apoya en el choque de dos mundos: el criminal, al que Barry accede de la mano de su tío Monroe Fuches (Stephen Root), que le consigue un contrato con la mafia chechena; y el de un grupo de actores amateur, cuyos ensayos dan vergüenza ajena, dirigidos por un profesor, Gene Cousineau (Henry Winkler), que claramente hace negocio con sus estudiantes. Los dos mundos tienen en común el estar habitados por personas mediocres, sin talento, chapuceras, en definitiva, por idiotas. Como la vida misma.

Si Breaking Bad es un drama que esconde una comedia, Barry es justo lo contrario. Hay chistes directos y obvios, pero también situaciones que no buscan la carcajada, que requieren que hagamos un esfuerzo mayor. Y detrás de todos esos gags, hay, además, una intención temática, la de decirnos, con una carga tremenda de ironía, que, en realidad, todos interpretamos papeles en la vida. Por ejemplo, cuando Barry aprende, con ayuda de Sally (Sarah Goldberg), en la clase de teatro, cómo reaccionar espontáneamente: justo en ese momento les comunican la muerte de un compañero, lo que obliga al asesino a fingir sorpresa, pero de verdad. En otro momento de humor absurdo, la mujer de un capo checheno interrumpe la cruel tortura que perpetran los mafiosos, porque están haciendo demasiado ruido. Ellos dejan de ‘interpretar’ al momento el papel de criminales, convirtiéndose en marido, primos, y cuñados, que obedecen para no molestar. Recordemos también al torturador checheno que lleva un delantal de carnicero, para acojonar. La serie extrae la comicidad, continuamente, de lo que hay detrás de esas fachadas que todos fabricamos. El humor está presente en lo chapuceros que son los policías -el agente que llora porque acaba de separarse, los informáticos pasotas que intentan desencriptar una cámara de vídeo digital-; mencionemos también a los mafiosos que envían mensajes por whatsapp para encargar un asesinato, y luego piden a Barry que los borre. Todos hacemos el ridículo, en cierta manera, y eso es evidente en otra secuencia de vergüenza ajena, en la que los estudiantes de teatro hacen pequeños números musicales o monólogos, para homenajear a un compañero fallecido. Cuando aparece el padre del muerto, toda la fachada y la palabrería se derrumban ante sentimientos reales, los mismos que, irónicamente, pretende reproducir sobre el escenario el profesor de teatro, o los que, irónicamente, Sally pide a Barry que utilice como herramienta interpretativa, porque eso es “ser humano”.

La idea de las apariencias en contraposición a la esencia, está en la mayoría de los episodios de Barry: el legendario asesino a sueldo checheno, Stovka (Larry Hankin), que en realidad está deprimido por haber dedicado su vida a la muerte; la ocurrencia del mafioso Noho Hank -un divertido Anthony Carrigan– de enviar por correo una bala al hombre que ha encargado matar, lo que retrasa el auténtico asesinato; la amiga que humilla a Sally proponiéndola en un casting para interpretar a su madre, cuando son de la misma edad. Destaquemos también el episodio dedicado a la incapacidad de Barry, en un ejercicio teatral, para imaginarse en una situación tan cotidiana como estar en un supermercado por ser víctima de un bloqueo creativo que se resuelve matando o haciendo el amor, dos acciones que son pura verdad. Ese contraste entre realidad y ficción funciona especialmente bien en el tramo final de la primera temporada: en los ensayos de Macbeth, se habla de la muerte de una forma que a Barry le parece superficial y eso le enfurece: él es un veterano de guerra. Las mejores escenas ocurren cuando las emociones de la vida se suben al escenario sobre el que sueñan esos aspirantes a estrella de Hollywood, no demasiado talentosos. Ese diálogo entre realidad y ficción es potente, trágico y a la vez, cómico.

Hay otro elemento que hermana a Barry con una serie como Breaking Bad -o su derivación, Better Call Saul– y es que el argumento no avanza tanto por acciones dramáticas y sus consecuencias, sino por decisiones morales. Matar o no matar y hacer lo que haga falta para cumplir los sueños. El personaje de Barry comienza siendo un asesino eficaz, pero va humanizándose mientras intenta adaptarse a la vida de actor. Paralelamente, su compañera Sally irá frustrándose, ante las dificultades de una carrera en Hollywood, y su personalidad se irá envileciendo. Durante este proceso, la serie se vuelve más oscura e incómoda, sin dejar de ser divertida.

Barry es una comedia inteligente, diferente, que en esta primera temporada brilla, pero que promete todavía más.

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