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Altered Carbon – Identidad líquida

Autor: | @JorgeABertran

Altered Carbon es la penúltima apuesta de Netflix por generar contenido original, un esfuerzo ambicioso que lamentablemente falla. Lo primero que hay que decir es que la serie no esconde sus intenciones de apropiarse de la estética de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) -un poco como Mute (Duncan Jones, 2018)- o de su reciente secuela Blade Runner 2049 (2017). Aquí nos encontramos con una ambientación futurista impresionante, que estéticamente remite a la cinta de Scott: la ciudad distópica es la misma, con sus bajos fondos de cine negro, policías desencantados, prostíbulos y hoteles de mala muerte enfrentados a rascacielos luminosos y aislados. Basada en una novela ciberpunk de Richard Morgan, adaptada por Laeta Kalogridis, aquí los conflictos existenciales de los replicantes son sustituidos por otra excusa argumental, diferente pero equivalente: el hombre ha vencido a la muerte desarrollando una tecnología capaz de migrar la conciencia de cuerpo en cuerpo -llamados ‘vainas’- ya sean usados -de otros- o sin estrenar -clonados-. Tampoco esto es nuevo, ya lo hemos visto en otra adaptación, la de Ghost In The Shell (2017) que seguramente también es un referente. Otro tema presente en Altered Carbon es la rebelión de los oprimidos, en este caso, una clase obrera que no puede acceder a la costosa inmortalidad, lo que remite también a otra obra inspirada en Phillip K. Dick, Desafío Total (1990). Si allí los ricos controlaban nada menos que el aire, aquí solo ellos pueden darse el lujo de vivir para siempre, como el enigmático multimillonario Laurens Bancroft (James Purefoy). Recordemos que el tema del enfrentamiento de clases está de fondo en los replicantes de Blade Runner, y en su auténtica heredera, la estupenda West World. Por cierto, el musculoso protagonista de Altered Carbon, Joel Kinnaman -también fue el nuevo Robocop (2014)- está más cerca de Arnold Schwarzenegger que de Harrison Ford.

Altered Carbon se desarrolla entonces como una derivación de estas películas y de sus temas. En algunos momentos parece un exploit con dosis exageradas de violencia -se incide mucho en la sangre y el gore- aparatosas secuencias de acción y sexo -casi softcore-. El problema es que la trama también incluye situaciones dramáticas que se pretenden trascendentes, sobre temas de calado existencial que, simplemente, no convencen. Estas pretensiones, lamentablemente, impiden que esto sea verdaderamente divertido. El argumento se desarrolla como una novela policíaca, proponiendo la resolución de diferentes crímenes como motor de cada episodio, hasta que una trama mayor se apodera del relato con la idea de atar todos los cabos sueltos del pasado del protagonista.

Si Altered Carbon tiene ideas muy interesantes, hay que decir que no les saca partido. No explora en profundidad, por ejemplo, los cambios que experimenta una humanidad con la capacidad de ser inmortal, más allá de decirnos que los ricos siguen siendo ricos y los pobres, pobres. Especialmente desaprovechado está el tema de la religión ¿Cuál sería su papel si ya no es necesaria la trascendencia del alma cuando los cuerpos pueden sustituirse? La respuesta parece tan verosímil como simple: los religiosos -católicos- rechazan la inmortalidad argumentando que el alma, en un cuerpo en el que no has nacido, acabará en el infierno. Esto se expresa dramáticamente a través del personaje de Kristin Ortega (Marta Higareda) y de su madre, estereotipos latinos lamentables.

Lo más interesante de la serie, y lo menos aprovechado, es la pervivencia de un personaje a través de varios actores, según va cambiando sus “vainas”. Así, el protagonista Takeshi Kovacs es interpretado por el mencionado Joel Kinnaman, pero también por Will Yun Lee, Morgan Gao y Byron Mann en diferentes momentos. Creo que el personaje de Kovacs no está suficientemente bien definido como para que tengamos la sensación de estar viendo siempre al mismo sujeto con diferentes rostros. Más interesante todavía, en la serie, un mismo actor puede interpretar a diferentes personajes, según distintas psiques habitan sucesivamente el mismo cuerpo. Es el caso de la ‘abuela’ fallecida de los Ortega, metida en un cuerpo tatuado y lleno de piercings (Matt Biedel) que luego sirve para albergar al mafioso Dimi. Este criminal ruso -que antes fuera Tahmoh Penikett– es capaz de multiplicarse -ilegalmente- en varios clones. Las posibilidades de todo esto me parecen increíbles, si esta ficción hubiese decidido apostar fuerte: pensemos en cómo James Bond o Batman han sido encarnados por un montón de actores que -mejores o peores- relacionamos fácilmente con estos héroes, o como Harrison Ford es Han Solo, Indiana Jones y el Rick Deckard de Blade Runner (1982). Eso por no hablar de un tema mucho más profundo: el de la identidad. En el futuro que propone Altered Carbon, los más adinerados son capaces de tener una “copia de seguridad” en caso de que el soporte digital que contiene su psique sea destruido. Pero creo que volcar en un cuerpo una suma de rasgos de personalidad y recuerdos no es lo mismo que seguir existiendo. ¿O sí? En todo caso, el argumento no explora estas dudas.

Resulta por ello decepcionante esta Altered Carbon, porque creo que esquiva incluso sus propias ideas afortunadas, que acaban reducidas a guiños: como que el hotel en el que se hospeda el protagonista esté inspirado en Edgar Allan Poe (Chris Conner) lo que lleva a pensar en uno de sus relatos más conocidos, El entierro prematuro (1844) ¿No están los huéspedes de las ‘vainas’ enterrados en vida?

 

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