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Alien: Covenant – el corazón de las tinieblas

Autor: | @JorgeABertran

Que la vida y la muerte son conceptos inseparables era la idea principal detrás de Alien (1979). El bello monstruo diseñado por H.R. Giger y Carlo Rambaldi es la más pura expresión de la muerte: existe solo para matar, sin ojos, sin más razón de ser que reproducirse para que su especie perviva. La segunda película de Ridley Scott, un clásico de la ciencia ficción y del terror, nos mostraba detalladamente el ciclo vital de la criatura extraterrestre -el huevo, el face hugger, el chest burster, y el xenomorfo– en una clara metáfora de la maternidad -mucho antes que Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)-. Así, los tripulantes de la nave espacial Nostromo despertaban de la animación suspendida -en cápsulas parecidas a úteros- como si volvieran a nacer; y sin olvidar que el ordenador de abordo se llamaba directamente “Madre”. Esta idea de que la vida contiene la muerte se mantendría bajo la superficie argumental de las secuelas: James Cameron masificó las bajas en una película de guerra como es Aliens: el regreso (1986); David Fincher mató a Ripley (Sigourney Weaver) para salvarnos a todos en una metáfora cristiana en Alien 3 (1992); y Jean Pierre Jeunet resucitó a la teniente convirtiéndola en un clon que compartía el ADN de su enemigo en Alien: Resurrección (1997). Mucho tiempo después, Ridley Scott volvió a la ciencia ficción reiniciando la franquicia con Prometheus (2012) precuela que, como su título indica, introduce el complejo de Frankenstein en la franquicia -el miedo del hombre a las máquinas se rebelen- convirtiendo a la humanidad en el resultado de experimentos genéticos de una raza de gigantes que, hace millones de años, decidieron dejar de ser dioses creando la semilla de su propia mortalidad. Un creacionismo alienígena en el que creía a pies juntillas el anciano millonario Peter Weyland (Guy Pearce), un doctor Frankenstein obsesionado con evitar su inminente fallecimiento. La película recuperaba la metáfora sobre la maternidad en su heroína, Elizabeth Shaw (Noomi Rapace), que protagonizaba nada menos que la cesárea/aborto de un feto alien. Ese nuevo ser, con ADN humano, acababa convirtiéndose en el xenomorfo que conocemos. Así, nosotros somos los padres del alien y la vida conlleva, necesariamente, la muerte. Una idea, por cierto, también presente en la más explícita -y con menos gracia- Life (Daniel Espinosa, 2017), que coincide en la cartelera con esta nueva Alien: Covenant.

Lo primero que hay que decir sobre ella, es que se trata de una secuela de Prometheus, lo que debe ser una mala noticia para los detractores de la misma: la mayoría haters despistados del guionista Damon Lindelof, que todavía no superan el final de Perdidos (2004-2010) y eso que The Leftovers (2014-2017) es una maravilla. Aquí ya no está Lindelof y la verdad es que no sé si es para bien o para mal. Con un inicio que recuerda a la prescindible Passengers (2016) y que quizás se extiende más de lo necesario, conocemos a una nueva tripulación, la de la nave Covenant, en una estructura argumental que ha sido invariable a través de toda la saga. La película parece un puente entre Prometheus y un film de Alien -vuelve el xenomorfo de toda la vida- por lo que quizás se queda un poco entre dos aguas. Tenemos a una nueva heroína -Daniels (Katherine Waterson)- siguiendo los pasos de Ripley, pero sorprende que el soneto Ozymandias de Shelley marque las motivaciones del antagonista principal, algo así como un coronel Kurtz espacial: incluso escuchamos a las Valkirias de Wagner.

Alien: Covenant ofrece una imaginería cósmica espectacular -Scott mantiene su buen ojo- que se mezcla con escenas de terror logradas y tensas. El difícil equilibrio entre la elegancia trascendente del espacio profundo y un delicioso monstruo de serie B marcaba ya el primer Alien y aquí Scott se la vuelve a jugar: personalmente, la escena de la ducha, me parece que chirría. No faltan los habituales estallidos de sangre y las viscosas escenas gore a las que nos tiene acostumbrados la franquicia. Pero lo mejor es el protagonismo del androide que interpreta Michael Fassbender, que pasa de ser una criatura frankensteiniana a mad doctor, a moderno Prometeo. ¿Sueñan los androides con aliens eléctricos?

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