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Cinco años sin Sergio Algora

Autor: | @Forjanes_AS

Si Delibes llevaba cinco horas con Mario, nosotros llevamos cinco años sin Sergio. Sin Sergio Algora. Hace eso, justo un lustro, que un problema cardíaco se lo llevó. A los 39 ańos. Mientras dormía, que en su caso, me juego mi escaso capital, era cuando trabajaba. Cuando su arquitectura cerebral cogía escuadra surrealista y cartabón onírico para trazar universos literarios y musicales por los que hacernos deambular. Lo cotidiano trenzado con lo mágico. Mundos, aún en su negritud, que a veces la había, mejores que este. Mucho mejores que este.

Mitad niñogusano, mitad costabravo, permítanme que me quede con su primera etapa, una genialidad inigualable solo equiparable al Señor Chinarro pretérito. La que le llevó a convertir junto con Sergio Vinadé, Andrés Perruca, Mario Quesada y Paco Lahiguera su Zaragoza natal en el País de las Maravillas del indie nacional. Donde todo era posible. Sergio era el Willy Wonka de la música española: llenó tres discos de tickets dorados en forma de letras insuperables. No era avaricioso. En todos había premio. En Circo Luso (1995), en El Efecto Lupa (1996), en El Escarabajo más grande Europa (1998). Tres que son uno.

Consiguió que aceptáramos ciempiés como animal de compañía, que cada vez que pises Portugal busques bigotes de gato entre las féminas lusas, congraciar a los naturalistas con los amantes de la casquería (llámese lengua de ternera o los huesos del codillo), querer ser un manitas para hacer con el cortauńas un regalo para tu amada (¿unas alas de mariposa quizás?), viajar a la luna siendo un agente espacial desde tu sofá, ansiar ser una estampa en el álbum de Madame Dos Rombos y hasta alguno que otro, en plena exaltación etílica, ha usado calamares como lentes bifocales (juro que no fui yo). La automutilación como carta de amor para un corazón (¡ay, maldito!) con traje nuevo. Incluso a su manera profetizó un particular homenaje a un Vicente del Bosque que nos haría campeones del mundo antes de que le nombrasen marqués, aunque a muchos otros les tire más el título nobiliario de Conde Duque, que es más largo, impactante y usa capa por donde cruzan las damas. Para los republicanos, para todos hay, eso de que el rey ha muerto, que quien más o menos se imagina pronunciándolo a Matías Prats.

También guardó las palabras en estuches a medida. En libros. De poesía y de relatos. Donde te topas desde el incesto a burlas a la muerte con un Larriano “Vuelva usted mańana” (con lo que jode eso), la uńa de Cristiano Ronaldo, un San Juan tarantiniano o una pesadilla metafísico-futurista con Sergios Algoras hasta en la sopa. No había obstáculos de la palabra que se le resistieran a Sergio. Su imaginación era la pértiga.

Nunca le conocí ni le vi en directo, ya fuera con sus hermanos gusanos o costabraveando. Mi admiración me la guardaba discretamente. Hace tres ańos un partido de fútbol me teletrasportó a Zaragoza por motivos laborales. Hacía sol y no me pregunten por qué, pero no me quitaba a Sergio de la cabeza. Saqueé el FNAC mańo de su literatura editada, en el Bar Bacharach me tomé una cerveza que supo a hiel, esperando a cada trago que en cualquier momento apareciera Sergio, como tantas veces he leído que hacía, para ponerse un disquito. No hubo tiempo para ir al cementerio de Torreros. Quizás tampoco ganas. Las peregrinaciones, en Semana Santa, a Lourdes o al Père-Lachaise parisino. A Sergio no lo representa una lápida. Aunque a un servidor le gustaría que en la suya futura se pudiera leer (tomen nota mis herederos) un epitafio algoriano: ”Mi ángel guardia borrará todas las pruebas que demuestren que un día estuve aquí, ¡qué bien sabe no existir!…’. No creo que le molestase el robo. Al fin y al cabo, “todo lo que dije, lo dijo alguien ya”, aunque esto lo cantase Vinadé.

El hombre bombilla se apagó hace ya un lustro. No lo he dicho cinco veces pero, aunque duela, es verdad. Cinco años sin nuestro ángel guardia, champán para todos. Invita Sergio.

 

 

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