Brexit

El fin justifica los medios

Con un uso irónico de la novena sinfonía de Beethoven -forma parte del himno de la Unión Europea- Brexit, nominada al Emmy a la mejor película para televisión, producida por HBO y la BBC, afronta el reto de contar una historia reciente y sin final a corto plazo.

El guionista James Graham plantea su relato apoyándose en un protagonista único, Dominic Cummings, estratega político y responsable de la campaña que dio la victoria a los que apoyaban la salida del Reino Unido de la Unión Europea en el referéndum de 2016. Cummings es interpretado por Benedict Cumberbatch, acostumbrado a ponerse en la piel de personajes tan brillantes como antipáticos, que deben vencer el obstáculo de la estupidez de los que le rodean para conseguir su objetivo.

Así, el argumento de esta tv movie se centra en contarnos cómo, por primera vez, una campaña política se vale de recursos informáticos que utilizan nuestro comportamiento en las redes para conocernos y hacernos llegar los mensajes políticos personalizados que conseguirán convencernos. Como titiriteros sin ética, los responsables de la campaña a favor del Brexit manejaron a los votantes, apelando a sus emociones antes que a la razón, y despertando en ellos sentimientos como el odio y el miedo, dividiendo el país, seguramente, durante un par de generaciones.

La cinta no duda en relacionar lo ocurrido en Reino Unido con la victoria electoral de Donald Trump, que se valió de los mismos recursos informáticos y de las mismas bajas pasiones para entrar en la Casa Blanca. Así, los medios están claros. Pero ¿Y el fin? La primera licencia de este film, que necesariamente debe resumir y simplificar para contarlo todo en 92 minutos, es la de obviar las motivaciones de los personajes. Se da por sobrentendido cuáles son las razones que impulsan a los dos bandos en disputa para estar a favor o en contra de la ruptura. Lo que no resulta tan obvio es por qué nuestro héroe -porque así lo describe este film- piensa que los británicos estarían mejor fuera de Europa. El caso es que da lo mismo. Porque según avanza la historia, descubrimos que lo que busca en realidad Cummings es un cambio, una revolución, si se quiere.

Cummings dice escuchar un gruñido sísmico, como un ruido de tripas, bajo el suelo de su país, que le obliga a pegar la oreja a la tierra. Quiere escuchar bien en el espíritu de su nación. Y de eso va la película. Cummings se opone, en parte, a los payasos de ultraderecha que también quieren salir de la Unión Europea, como Nigel Farage (Paul Ryan) y el propio Boris Johnson (Richard Goulding), ambos parodiados sin piedad. Pero el verdadero antagonista de Cummings es Craig Oliver (Rory Kinnear), Director de Comunicaciones de David Cameron en ese momento, que lidera la campaña contra el Brexit, y que entiende la política como una serie de datos objetivos que definen lo que es mejor para la gente. Una escena define perfectamente a Oliver: cuando da de cenar a sus hijos mientras habla con el Primer Ministro, se esmera en que las tres niñas coman bien y se comporten, pero en cuanto les da la espalda, estas desaparecen. Oliver cree saber lo que es mejor para la gente, pero es incapaz de hacer llegar su mensaje. O quizás, lo ‘mejor’ no es lo que la gente quiere.

Cummings se ha preocupado por llegar al corazón del británico -la escena en la que se reúne con un matrimonio en el paro, que asegura que ningún político se ha interesado por ellos jamás- y por entender lo que quiere. No piensa que sea un fallo de la democracia el que un referéndum se incline hacia una decisión que no es necesariamente la mejor opción. Lo que ha intentado es sacar a la luz la verdadera cara del británico, porque, una vez expuesto el ‘problema’, se podrá proceder a solucionarlo.