Branquiazul, Marcos Gendre (Contra, 2019)

VBranquiazul-Indienauta

Ahora que el «deporte rey» también está confinado —basta ya medios de comunicación, la élite futbolística no representa qué es estar enclaustrado o qué supone un ERTE— vale la pena rememorar una época, en realidad no tan lejana, en el que el balompié podía deparar sorpresas y había una historia popular tras las gestas en el campo. Eso es Branquiazul: Historia oral de los años dorados del Dépor, para el que han unido esfuerzos dos experimentados «talentos» por los que un servidor y esta sección tiene especial debilidad: Marcos Gendre y la editorial Contra.  

Porque hubo un tiempo, de la década de los 90 hasta mediados de los 2000, en que el Real Club Deportivo de La Coruña —actualmente en serios apuros en Segunda División, aunque  con el profesor Fernando Vázquez en el banquillo seguro salen adelante, con permiso de la Covid-19—, se transformó en el «Súper Dépor». Unos años —y sus antecedentes— cuyo relato tiene de todo: épica, tragedia, surrealismo, giros inesperados de guion y costumbrismo «a la gallega». Una vibrante combinación de elementos que encajan como un guante con una estructura, la del relato oral y polifónico, que ya es un formato clásico de la editorial.    

Resultado de casi dos años de trabajo, la tarea de Marcos Gendre en Branquiazul ha sido ingente, entrevistando a cerca de setenta personalidades del deportivismo que cubren todos los flancos. Aquí tenemos las opiniones del mandamás del club, Augusto César Lendoiro —sale demasiado bien parado—; los entrenadores y jugadores claves, como Jabo Irureta o el hijo del gran Arsenio Iglesias, Fran, Donato, Claudio, Amavisca, Alfredo, Liaño, Capdevila o José Ramón; grandes rivales, caso de Michel, Guillermo Amor, Patxi Salinas o Giner; y una legión del llamado «entorno», que va de periodistas deportivos a los míticos Riazor Blues —mejores nombres de siempre para una hinchada—, una de las voces fundamentales del libro.

Ese armazón narrativo escogido para Branquiazul dota a la obra de gran agilidad, y la multiplicidad de bien dirigidas y reconocibles voces debería hacer su lectura atractiva para las generaciones futboleras Millennial —seguro— y Z —espero que ni El Chiringuito ni el Instagram de Neymar hayan frito demasiados cerebros—. Pero es la simple potencia e intensidad de la historia, una sucesión tal de acontecimientos y altibajos vividos por ese Dépor que podrían ser material para una película de Scorsese substituyendo los prototípicos one-liners neyorquinos por la retranca herculina, lo que te atrapa cuasi sin remisión. 

Así, Branquiazul entra en profundidad en páginas tan crueles como las promociones de ascenso fallidas en las temporadas 82-83 y 89-90 contra Rayo y Tenerife. El aterrizaje en Primera al año siguiente y, con sorprendente celeridad —los intríngulis de los fichajes, sobre todo el episodio balcánico, se llevan la palma— pasar de tener los explosivos derbis contra el Celta de Vigo como los partidos estrella a pelear por la Liga. El macabro e icónico viraje del destino del penalty errado por Djukic —para alguien que atesora su mejor recuerdo futbolístico en ese Camp Nou que pasó del enmudecimiento sepulcral al éxtasis, leer la experiencia desde el otro lado resulta impagable—. El primer título, la Copa de la revancha en un partido insólito, jugado dos veces. Y, ahora sí, la Liga de Irureta, seguida por el «Centenariazo» en el Bernabeú frente al «Madrid Galáctico». O las batallitas de Champions a ritmo de Djalminha. Luego la insostenible «inflación» del vestuario y el previsible ocaso. En definitiva, una epopeya completa. 

Sin embargo, no me gustaría dejar de subrayar el subtexto o intrahistoria que recorre Branquiazul y, a mi juicio, resulta más relevante y poderosa que las gestas e infortunios futbolísticos. Y es que el libro se aproxima a la obra sociológica sin pretender serlo. Porque a través de sus oriundos, asalariados del balón y visitantes —ilustres o no— y su relación con el Dépor nos topamos con la historia de A Coruña. Una ciudad algo altiva y clasista, golpeada por la crisis económica ochentera, las drogas, y la deshonra de perder la capitalidad gallega frente a Santiago de Compostela —y la poblacional ante Vigo—. Necesitada de un revulsivo.

Ese —entrecomillado— antídoto a la depresión será la pujanza del club, capaz de aglutinar y empujar a una urbe. Sobre todo a una generación de jóvenes especialmente necesitados de un aliciente —o desahogo— frente a la falta de esperanzas futuras. De hecho, teniendo en cuenta el peso, cercanía, y profundidad de los testimonios, me aventuro a pensar que Marcos llegó a tener otro libro en sus manos, quizá no tan vendible al espectro futbolero, pero igualmente apasionante. La historia de esa afición espídica, voluble y orgullosa. Quienes en realidad dan valor y justa medida de los hechos ocurridos en el campo con sus recuerdos y vivencias. Entretenida y con más sustancia que su nostálgica premisa, Branquiazul gana y convence.