Bowie por Bowie, Sean Egan (Libros Cúpula, 2020)

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Acaban de pasar cuatro años desde que nuestro extraterrestre predilecto, David Robert Jones, decidió regresar a casa y abandonar el planeta tras 69 años junto a nosotros. Y como se le echa de menos, hay que aprovechar la oportunidad que nos brinda este Bowie por Bowie. Entrevistas y encuentros con David Bowie, recién publicado por Libros Cúpula. Una compilación de sus entrevistas más jugosas a cargo del escritor y periodista británico Sean Egan, que se convierte en una suerte de heterodoxa autobiografía de una trayectoria musical y vital sin parangón. Hablando con «el alien» …  

Responsable de trabajos de igual planteamiento y estructura sobre Keith Richards o Fleetwood Mac, y autor de Jimi Hendrix and the Making of Are You Experienced y David Bowie: Ever Changing Hero, las 32 entrevistas y encuentros seleccionados por Sean Egan —más de 500 páginas— en Bowie por Bowie dan para mucho, mostrándonos todas las «mutaciones», idas y venidas tanto artísticas como existenciales, así como el sempiterno esplendor dialéctico del mito. Sólo hay un debe, extremadamente doloroso, pero del que el editor no es responsable: David Bowie dejó de relacionarse con los medios a partir de 2004 —ostracismo mediático coincidente con su ataque al corazón durante la gira Reality— por lo que nos faltan una docena de postreros años para poder tener el relato completo de un músico incomparable.   

Lo primero que llama poderosamente la atención es el innegable placer que David Bowie demuestra al ser entrevistado. En estos textos, el de Brixton se revela como un elocuente conversador, alguien que disfrutaba enormemente hablando de sí mismo —de su inquieto arte, su influencia, su legado—, a la vez que explayándose en profundidad sobre lo humano y lo divino, haciendo de la digresión erudita y la opinión versada un vehículo de autoexpresión. La personalidad resultante aquí vislumbrada es una suerte de puzle fascinante, acorde con su camaleónica leyenda. 

Bowie en su época del «Delgado Duque Blanco», mediados de los setenta.

Y es que, en Bowie por Bowie tenemos al ególatra gigantesco, sabedor de su momento de esplendor setentero, o la posterior entronización de su figura. O el músico inseguro —especialmente en los ochenta—, que necesita la aprobación del entrevistador, ya sea mediante la valoración positiva del disco en promoción escuchado por primera vez, in situ, o buscando la sintonía inmediata en algún tema potencialmente espinoso. O también al seductor que se hace rápidamente con el plumilla, incluso dando la sensación no solo de dominar la entrevista, sino de darle a éste exactamente lo que busca. ¿Usaba David Bowie a los medios? A tenor de estas páginas, la respuesta parece obvia. 

Suministrador de titulares impagables, como la archiconocídisima «salida del armario» en 1972 a Melody Maker, o su supuesto flirteo con el fascismo en 1976, además de riadas de referencias artísticas que refuerzan su imagen de cultivadísimo esteta, sin embargo, por aquí también desfila el tipo genuinamente interesado en el tema de conversación —libros, cine, historia, escena musical— demostrando un carácter constantemente inquisitivo y ambicioso. Valgan sus últimas entrevistas, entre ellas su jugosísimo encuentro con Brett Anderson, o su juguetona conversación con el diseñador Alexander McQueen, en el que la habitual falsa modestia del artista entrevistado da paso a una voz socarrona y relajada en su madurez, entre la estrella de vuelta de todo y la hastiada pero aún con ganas de embarcarse en una nueva empresa. En definitiva, David Bowie debía imponer —divierten los inicios, numerosos, en que nos encontramos al periodista abrumado al descubrirse frente a su ídolo— lo que no está escrito de inicio, pero era un sueño para cualquier entrevistador. 

No me olvido de la música, claro está. Bowie por Bowie es un recorrido apasionante por discos  eternos, como el omnipresente Ziggy Stardust —no hay entrevista en el que no se mencione— o Aladdin Sane; el intervalo del plastic soul o el del «Delgado Duque Blanco», período drogota del que se salvaría en Berlín junto a Lou Reed e Iggy Pop, alcanzado el que puede considerarse su zénit experimental-creativo con la trilogía LowHeroesLodger; sus terribles y masivamente exitosos ochentas; su singular —¿y discutible?— renacimiento con la banda Tin Machine; o los diversos noventa, abrazando —con resultados harto dispares, siendo generosos— sonidos house, jungle, rock industrial o drum & bass; así hasta su penúltima encarnación, menos innovadora pero inspirada, que en Bowie por Bowie concluye con Reality

David Bowie en abril de 2007.

Dejando a un lado la veneración algo borreguil, acrecentada por su muerte, que lo convierte en una especie de «intocable» cuando hubo algo bastante parecido a la irrelevancia durante al menos década y media —algo que a otros longevos artistas no se les perdonaría jamás—, estamos ante una carrera pantagruélica y aventurera, casi cuarenta años de reinvenciones, transformaciones y canciones de una influencia perpetua. Algo que en Bowie por Bowie se manifiesta de forma absorbentemente inusual, siendo el propio músico el que presenta, pondera y reevalúa su obra, las cambiantes perspectivas del tiempo y la coyuntura del artista plasmándose en cada entrevista. 

Y un último factor a destacar del volumen —deformación profesional, si se quiere— es el papel del propio periodismo en ellas. Leyendo estas páginas, extraídas de revistas como Melody Maker, Rolling Stone, Mojo, New Musical Express, Q, Time Out, Dazed & Confused, entre otras, y convenientemente contextualizadas por el propio Sean Egan, uno se siente invadido por esa terrible compañera que es la nostalgia. Reflejan —con contadas excepciones— un tiempo pasado, en el que periodista no quería ser cínico —si acaso, coprotagonista, como el estilo pseudogonzo de Steven Wells en la pieza «El viejo zorro»— y no temía erder el tiempo con su interlocutor, dispuesto a conversar y aprovechar la extraordinaria facundia de David Bowie. Por si aún no ha quedado suficientemente claro, a Bowie por Bowie le sobran elementos de interés. Lectura —y, por siempre, cancionero— a recomendar.